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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.7

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Su única arma era la oración.
Estaban, pues, reunidos los judíos de la comunidad de Roma y oraban. El piadoso murmurar fluía silencioso y constante de sus barbas, como delante de las ventanas el chapotear del Tiber, que estregaba tranquilo y tenaz las tablas de las bateas y lavaba las orillas con su suave peregrinación. Ninguno de los hombres miraba al otro, y sin embargo, movíanse al consuno sus viejos hombros fatigados, mientras que cantando y hablando rezaban unos y los mismos salmos que han rezado cien y mil veces antes que ellos, sus padres y los padres y abuelos de sus padres. Los labios apenas sabían que hablaban, ni los sentidos lo que sentían; ese zumbido quejumbroso y vacilante emanaba como de un sueño oscuro y amodorrado.
De repente se espantaron; un sacudimiento enderezó bruscamente las espaldas encorvadas. La aldaba había golpeado fuerte contra la puerta. Y siempre, ya lo tenían en la sangre, se asustaron de todo lo repentino, los judíos en el extranjero. ¿Pero qué podía esperarse de bueno, cuando se abría una puerta en la noche? El murmullo se desgarró, como cortado por una tijera; más potente oíase, a través del silencio al río indiferentemente rumoroso. To-dos escucharon con la garganta apretada. Y nuevamente cayó la aldaba: impaciente sacudió un puño la puerta exterior. "Ya voy", dijo como para sí mis-mo Abthalión, y salió arrastrando los pies. La vela pegada a la mesa inclinó su llama fugitiva en la corriente cortante de la puerta abierta; como interiormente los corazones de todos aquellos hombres, temblaba la vela de repente y fuerte.
Sólo recobraron la respiración, cuando reconocieron al que entraba. Era Hycanos ben Hillel, el tesorero de la imperial acuñadora de oro, el orgullo de la colectividad, porque era el único judío al que se permitía entrar al palacio del emperador. Por una gracia especial de la corte, concedíasele el derecho de vivir del otro lado del Transtevere y de llevar distinguidas vestimentas de color; pero entonces su capa estaba rota y su rostro ensuciado.
Todos le rodearon -pues esperaban que trajera un mensaje- impacientes de que contara prontamente y, sin embargo, de antemano ya azorados, porque presentían en su excitación una desgracia.
Hycanos ben Hillel respiró profundamente. Se veía que en su garganta quedaba anudada una palabra que se resistía a brotar. Finalmente gimió:
-Se acabó. Lo tienen. Lo han encontrado.


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