El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.6
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Pero los hombres, dentro de las casas, retenían la respiración. Derribada yacía la ciudad, la triunfadora del mundo, y cuando de noche pasaba el viento por las calles vacías, sonaba como el apagado estertor de un herido que siente derramarse la última gota de sangre de sus venas.
En aquella decimatercera tarde del saqueo estaban reunidos los judíos de la colectividad romana en casa de Moisés Abthalion, en la orilla izquierda del Tíbet, allá donde el río amarillo dobla perezoso como una serpiente saciada. Abthalion no era de los prohombres de la comunidad, ni conocedor de la Sagrada Escritura, sino un viejo trabajador de temple; pero se había elegido su casa para la reunión, porque el taller en la planta baja ofrecía más lugar que las estrechas habitaciones angulosas. Desde ha-cía tres días estaban cotidianamente sentados llevando sus blancos vestidos mortuorios y rezando a la sombra de persianas cerradas entre los rollos colgados, los lienzos enjabelgados y las anchas tinas, con una tenacidad sorda y casi aturdida ya. Hasta entonces nada malo habían sufrido aún de los vándalos. Dos o tres veces habían pasado grupos acompañados por nobles y escribientes por la baja y estrecha callejuela de los judíos, donde la humedad causada por los frecuentes desbordamientos quedaba adherida como esponja en las losas de las casas y se precipitaba en frías lágrimas de las paredes derruidas; una mirada de desprecio bastaba a los expertos salteadores para reconocer que no se podía sacar botín alguno de tal miseria. Acá no brillaban peristilos artesonados con mármol, ni triclíneos relampagueantes de oro; aquí no se conservaban estatuas y vasijas de bronce. Por eso, los grupos la-drones, pasaban indiferentes y no amenazaban pillaje ni imposición alguna. Y, sin embargo, estaban apesadumbrados los corazones de los judíos de Roma, y se agruparon en presentimiento atemorizado. Pues una desgracia para la ciudad, para el país que habitaban -lo sabían desde generaciones y generaciones- tornábase siempre, al final, en desgracia para ellos. Afortunados, los pueblos siempre los olvidaban y no se fijaban en ellos. Entonces se adornaban los príncipes y edificaban y pensaban en su magnificencia, y el populacho se divertía rudamente con cacerías y juegos. Pero cada vez que sobrevenían miserias, se cargaba a ellos la culpa. ¡Ah, cuando vencían los enemigos, cuando se saqueaba una ciudad, cuando la peste y otra enfermedad se extendía por los países! Todo el mal del mundo ellos lo sabían- tornábase inevitablemente en mal para ellos mismos, y no ignoraban ellos desde hacía mucho tiempo, que no había manera de rebelarse contra ese duro destino, pues siempre y en todas partes eran pocos, siempre y en todas partes eran débiles y carentes de poder.
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