El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.5
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Calle tras calle, casa tras casa fueron cuidadosamente limpiadas, y así que se hubieron vaciado por entero las residencias de los vivos, forzáronse los "tumuli", las moradas de los muertos. Violando sarcófagos pétreos arrancaron los invasores peines cubiertos de piedras preciosas del cabello palidecido de difuntas princesas, y los broches dorados de la osamenta descarnada y los anillos con sello de los cadáveres, y aun robaron sus manos, ávidas del "obulus" con que se enterraban los muertos, para que pagasen al barquero por el viaje al otro reino. El botín íntegro de todos esos saqueos aislados juntóse luego, en montones separados, en una plaza previamente designada. Allí yacía la Victoria de alas doradas, junto al cofre adornado con piedras preciosas que contenía la osamenta de un santo. y al lado de los dedos de una noble dama. Barras de plata amontonáronse junto a vestidos de púrpura, preciosos cristales, junto a tosco metal. El escribiente anotó cada pieza con envaradas letras nórdicas en su largo pergamino para prestar al robo una apariencia de legalidad; Genserico rengueaba, con su séquito, por el tumulto, tocaba las piezas con el bastón, examinaba las joyas, sonreía y daba muestras de aprobación. Miraba satisfecho cómo carro tras carro y barco tras barco, abandonaron, cargados hasta el extremo, la ciudad. Pero no ardía ninguna casa, no se vertía sangre humana. Silenciosos y regulares, tal como en una mina suben y bajan los paternoster, vacíos los unos, llenos los otros, viajaban durante trece días las hileras de carros del puerto al mar y del mar al puerto. Repletos bajaban, vacíos volvían y ya jadeaban los bueyes y las mulas bajo la carga, pues hasta donde llegaba la memoria jamás había sido saqueado tanto en trece días como en este despojo vandálico.
Durante trece días no se percibía en la ciudad con sus millares de casas la voz humana. Nadie hablaba en alta voz. Nadie reía. Había enmudecido la música de cuerdas en las casas, y en las iglesias no elevábase cántico alguno.
Sólo oíanse los martillazos con que se quitó lo inmueble de su lugar, el ruido de columnas derribadas, el chirriar de carros sobrecargados y el ronco mugir de los cansados animales a los que alcanzaba siempre de nuevo el látigo de los verdugos. A veces lloraban los perros, a los que, absorbido por el propio temor, se había olvidado de dar comida; de tarde en tarde resonaba profundo un sonido de tumba sobre las murallas cuando se revelaban las guardias.
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