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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.4

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Genserico mismo se dirigió de inmediato al "Palatium", la abandonada residencia del emperador. Pero no recibió el planeado homenaje de los senadores que esperaban en temerosa hilera, ni hizo preparar un festín: -apenas rozó con una mirada los regalos con que los ciudadanos acaudalados esperaban aplacar su severidad -sino que de inmediato, el riguroso soldado, inclinado sobre un mapa, trazó su plan para el más rápido y al mismo tiempo más completo saqueo de la ciudad. Cada distrito fue sometido a una centuria, y cada uno de los tenientes fue hecho responsable de la disciplina de su gente.
Pues lo que entonces se inició no fue un pillaje feroz y desordenado, sino un robo frío, metódico.
Primero, por orden de Genserico, cerráronse las puertas de la enorme ciudad, en las que se apostaron centinelas a fin de que no se escapase ni una sola presilla o moneda. Luego sus soldados confinaron las embarcaciones, los carros, los animales de carga y obligaron a miles de esclavos al servicio, con el propósito de que a toda prisa se pudieran trasladar al nido de piratas africano, cuantos tesoros albergaba Roma. Sólo entonces comenzó el saqueo metódico con fría y silenciosa exactitud. Despacio y metódicamente, tal como un carnicero descuartiza un animal muerto, destripóse en esos trece días la ciudad viviente, arrancándole pedazo tras pedazo de su cuerpo, que sólo se contraía débilmente. Los distintos grupos pasaban de casa en casa, de templo en templo, conducidos por uno de los nobles vándalos y acompañados por un escribiente, y sacaron poco a poco todo lo que era valioso y movible, las vasijas de oro y plata, las presillas, las monedas, las joyas, las cadenas de ámbar traídas de los países del Norte, las pieles de Transilvania, la malaquita póntica y las dagas labradas de Persia. Obligaron a los obreros a quitar cuidadosamente el mosaico de las paredes de los templos y levantar las lozas porfídicas de los peristilos.
Todo se hizo premeditada, práctica y exactamente. Los obreros bajaron con malacates los tiros broncíneos de los arcos de triunfo, a fin de no deteriorarlos, e hicieron levantar por los esclavos ladrillo tras ladrillo, el techo dorado del templo de "Júpiter Capitolinus", luego de haber saqueado el edificio. Sólo las columnas metálicas demasiado grandiosas como para ser cargadas apresuradamente, fueron rotas a martillazos y serruchadas por mandato de Genserico, con objeto de ganar el metal.


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