El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.3
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En el medio del cortejo jineteaba Genserico, el rey de los vándalos. Sonreía displicentemente conforme, desde la montura, sobre su pueblo en marcha. El viejo y experto guerrero sabía desde hacía mucho tiempo, por sus espías, que no era de temer una seria resistencia, y que no se preparaba una batalla campal decisiva, sino sola-mente un despojo sin peligro. En efecto; no se mostraba ningún guerrero enemigo. Sólo en la Porta Portuensis, donde la bien aplanada carretera del puerto llega al barrio céntrico de Roma, enfrentóse al Rey el Papa Leo, adornado con todas las insignias y brillantemente rodeado por todo el clero. El Papa Leo, aquel mismo anciano de barba canosa quien sólo unos pocos años atrás había incitado tan gloriosamente al terrible Atila, a que respetase a Roma, y a cuyo ruego había cedido en ese entonces el huno pagano en incomprensible humildad. Genserico también se apeó de inmediato al ver al majestuoso barba blanca, y rengueó cortésmente (su pie derecho era corto), a su encuentro. Pero no besó la mano con el anillo de San Pedro, ni dobló piadosamente la rodilla, ya que, como hereje arriano, consideraba al Papa sólo como usurpador de la verdadera cristiandad; y acogió con fría altanería la conjugadora arenga latina del Papa pidiéndole que perdonase a la santa ciudad.
Que no se preocupase, le mandó decir por el intérprete, nada de inhumano debía temerse de él, pues él mismo era guerrero y cristiano. No incendiaría Roma ni la devastaría, a pesar de que esta ciudad, ambiciosa de imperar, había arrasado miles y miles de ciudades, nivelándolas con el suelo. Su generosidad respetaría tanto los bienes de la Iglesia como las mujeres, y sólo haría botín "sine ferro et igne", según el derecho del más fuerte y del vencedor. Pero ahora aconsejaba, y eso lo decía Genserico en tono amenazador, mientras su caballerizo ya le sostenía el estribo, que le abriesen sin la menor demora las puertas de Roma.
Se hizo según las exigencias de Genserico. No se blandió ninguna lanza, no se desenvainó ninguna espada. Una hora más tarde, toda Roma pertenecía a los vándalos. Pero la triunfadora banda de piratas no invadió la ciudad indefensa como una horda indomada. Los altos, fuertes y rubios guerreros, hicieron su entrada por la "vía Triumphalis" en filas compactas, dominados por la férrea mano imperativa de Genserico, y sólo fijaban su mirada curiosa en las miles y miles de estatuas de ojos blancos que con sus labios mudos parecían prometer buena presa.
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