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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.2

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Marmóreo, mudo y vacío, como una cantera abandonada, permanecía el óvalo escalonado en el sol veraniego. Sólo quedaba en la arena -los gladiadores habían huido ya detrás de los demás- el olvidado león, agitando la melena y bramando provocativo al repentino vacío.
Eran los vándalos. Mensajero tras mensajero llegaron entonces excitados, y cada nueva era peor que la anterior. Habían desembarcado de centenares de veleros y galeras, un pueblo ágil y movedizo; ya se adelantaban relampagueantes al grueso del ejército en la carretera portuense, los jinetes berberiscos y numídicos con albornoces blancos, sobre caballos rápidos y de largo cuello; mañana, pasado mañana, las hordas de bandidos estarían ya a las puertas de la ciudad, y nada estaba dispuesto para la defensa. El ejército de mercenarios luchaba en algún lugar distante, cerca de Ravena; las murallas de las fortificaciones estaban en ruinas desde que Alarico arrasara la ciudad. Nadie pensaba en una resistencia. Los ricos y nobles disponían presurosos mulas y carros para salvar con la vida por lo menos una parte de sus bienes. Pero ya era tarde. Pues el pueblo no tole-raba que en días de bonanza los señores lo oprimiesen y que en la desgracia lo abandonaran cobardemente. Y cuando Máximo, el emperador, se disponía a escapar del palacio con su comitiva, cayeron sobre él primero maldiciones, y piedras después: finalmente se precipitó el populacho amargado sobre el cobarde y mató en la vía a su mísero emperador, a golpes de porras y hachas. Cerráronse luego, por cierto, las puertas como todas las noches; pero con ello quedó el temor del todo encerrado en la ciudad; como un podrido cenagal pesaba, respirando con dificultad, el presentimiento de algo espantoso sobre las casas enmudecidas y sin luz, y como un cobertor asfixiante, ahuecábase la oscuridad sobre la perdida ciudad que perecía de horror y es-panto; indiferentes y livianas, en cambio, brillaban las estrellas eternamente displicentes; como todas las noches, colgaba la luna su cuerno argentino en la bóveda azul del cielo. Desvelada y con los nervios vibrantes permanecía Roma, y esperaba a los bárbaros como un condenado, la cabeza apretada sobre el tajo, aguardando el golpe ineludible y ya iniciado.
Despacio, seguros, decididos y victoriosos acercáronse en tanto los vándalos desde el puerto por la abandonada vía romana. Los rubios, melenudos guerreros germánicos, marchaban en perfecta formación, centuria tras centuria, a bien aprendido paso militar, y delante de ellos disparaban inquietos, montados en pelo y dando picadero con ágiles vueltas a sus hermosos caballos de pura sangre, los pueblos tributarios del desierto, los númidas de tez oscura y pelo de azabache.


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