Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.214
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Puesta la capa, otra artista hábil forma la punta, otros dedos negros ponen el rótulo, otros el precinto (que en el Brasil se pone a todo, menos a los recién nacidos). Luego, la envoltura en celofán, la atadura, el recorte finalmente, se colocan en cajas, que se marcan con hierro candente. Casi me da vergüenza poner un cigarro en la boca desde que conozco el trabajo que cuesta su elaboración. Y al ver los centenares de espaldas inclinadas, de mujeres de tez oscura, me sentí culpable de haber inclinado tantas espaldas. Mas tales remordimientos se desvanecen pronto. Y como estos potentados, muy hospitalarios, me obsequiaron con cajas llenas de sus maravillosos productos, algunos de aquellos escrúpulos se redujeron a leve humo azul antes de que regresáramos a Bahía.
Al cacao, tercero de los tres potentados del norte del Brasil, no pude ir a verlo en su residencia. Porque el cacao prefiere las zonas húmedas y bochornosas -bajo un toldo de árboles de la selva, que le proporcionan el calor de invernáculo que requiere y que nos resulta muy desagradable- para su mejor desarrollo, en medio de enjambres de miríadas de mosquitos. Afortunadamente, posee también una casa en la ciudad de Bahía, el Instituto do Cacao, donde se puede contemplar más cómodamente, en cuadros plásticos, el árbol en flor y su fruto. La particularidad de este árbol consiste en florecer y dar fruto al mismo tiempo; mientras unos frutos, de forma de calabaza pequeña, se cosechan en una plantación, otros van madurando, de suerte que la recolección se puede hacer de continuo. Las semillas, de las que se extrae un jugo dulce y sabroso, son amargas y sólo después de procedimientos complicados de monda, extracción del principio mantecoso y esterilización, las bolsas rellenas son conducidas sobre rue-das eléctricas a los buques; sólo aquí se han adoptado métodos modernísimos; este instituto es, por ende, casa, museo y universidad del cacao, y aquí se aprende en una hora más que en casa en centenares de libros.
RECIFE
Con sentimiento -¡Bahía es tan hermosa, tan atractiva!-subimos al avión que nos lleva más al norte, a no sabemos cómo llamarlo: Pernambuco o Recife u Olinda. La ciudad tiene tres nombres distintos: los comerciantes consignan sus mercaderías a Pernambuco. Mas yo tengo afición a los antiguos nombres de las ciudades hermanas -Recife y Olinda-, que, en realidad, están unidas; hace anos que me suenan al oído esas sílabas cadenciosas -Olinda-, recordándome su melodía viejos libros y leyendas del tiempo olvidado en que la ciudad tenía todavía su cuarto nombre: Maurietsstaad.
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