Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.213
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El tabaco, compatriota más oscuro del azúcar, es más conservador de lo que había esperado. En Cachoeira, vieja ciudad histórica, donde existen todavía casas con troneras para defensa contra los indios, se hallan concentradas las grandes y célebres fábricas de cigarros. del Brasil. Viejo devoto de la nicotina, hube de dar aquí las gracias por muchos cigarros aromáticos, y, en mi fuero interno, sintiéndome culpable, iba a hacer el recuento de cuántos tabacales verdes, con sus millares de hojas, había reducido a humo durante los años de mi vicio. Siempre es difícil elegir: por eso, visité las tres fábricas. Mas es exagerada la palabra fábrica al hablar de estos establecimientos, pues yo había temido que fuera a enfrentarme con enormes máquinas de acero de las que de un lado devoran el tabaco apilado y, del otro, dan de sí el cigarro arrollado, envuelto en capa, rotulado y, tal vez, metido ya en la caja, todo lo cual en estas fábricas siempre causa la impresión de mirar a un autómata grande, y no un proceso de transformación real. ¡Nada de eso! En el Brasil, ni siquiera este proceso ha sido mecanizado. Aquí, cada cigarro se hace a mano, mejor dicho, en cada uno trabajan de veinte a cuarenta pares de manos. Y ¡qué sorpresa más grata para el fumador! se puede presenciar la paulatina transformación, viendo, con asombro, todo el trabajo que requiere la tenue capa. Centenares de mujeres, de tez oscura, están sentadas en las salas lado a lado, cada grupo dedicado a un trabajo diferente, y al pasar se asiste, diría, ópticamente, a la elaboración del cigarro. En la primera sala, el tabaco recién llegado del tabacal; las hojas grandes, ya secas, despiden un olor amargo y penetrante. Después de la primera clasificación, hecha por mujeres sentadas en un montón de tabaco como campesinas en un montón de paja, se separan los palillos. Sólo entonces se empieza a arrollar el tabaco, dándole forma de cigarro, mientras otro grupo corta los rollos con cuchillo, para que todos tengan igual longitud. Aun no son más que tabaco desnudo, semejante a los negros sin vestimenta. La capa ha de darle forma y aroma. Mas, por extraña malicia de la naturaleza, en el Brasil, que es desde siglos el país más rico en tabacos, no se cría el tabaco capero. Por eso, la capa, miles de millones de estas hojas, deben ser importadas de Sumatra, y a la elaboración de cada cigarro que fumamos sin prestar atención, concurren dos continentes, Asia y América, y lo fumamos casi siempre en otro.
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