Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.211
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También la macumba que vi era -lo confieso francamente- una representación preparada al caso. A medianoche, en un bosque, subiendo a tropezones durante media hora por entre piedras y malezas -las dificultades, del acceso habían de intensificar la ilusión de lo prohibido y lo misterioso-, llegamos a una choza donde, con mezquina luz, estaban reunidos una docena de hombres y mujeres negros. Marcaban el compás tocando unos tambores, y cantaban, cantaban en coro siempre la misma tonada, y esta monotonía resultaba excitante por sí sola y aumentaba la impaciencia. Luego vino el mago, con sus danzas y su víctima, tomando de vez en cuando un trago de fuerte caña y mascando tabaco, y se bailaba hasta extenuarse, hasta que uno de los negros se desplomó en acceso cataléptico, los ojos puestos en blanco. Yo sabía a cada instante que todo aquello estaba preparado y estudiado; y, sin embargo, las danzas, la bebida alcohólica, y, sobre todo, la espantosa y excitante monotonía de la música hacían que la sola representación tuviera un efecto embriagador, la misma embriaguez que en la iglesia de Bomfim, donde el gozo de alborotar, de extasiarse por el éxtasis, rinde a las personas más pacíficas, más tranquilas. Observamos aquí lo mismo que nos ofrecen los demás aspectos de esas fiestas: lo que en las otras partes del Brasil ha sido desbastado por lo moderno, encubierto en sus orígenes por la proliferación de lo europeo, todo lo primitivo, lo ancestral y lo extático, épocas anímicas sepultadas en el olvido, se conserva en Bahía en huellas misteriosas, y en ciertas manifestaciones singulares se percibe todavía, en el fondo, su presencia.
VISITA AL AZÚCAR, AL TABACO Y AL CACAO
En São Paulo había hecho una visita al café, ex potentado del país. Tenía ahora el deseo de ir a ver a sus hermanos, que han traído a estas tierras riquezas, fertilidad y renombre. Estos soberanos no nos van al encuentro. Tenemos que molestarnos en viajar muchas horas para visitarlos en sus residencias. Pero esta molestia entraña su premio. Porque el camino de Cachoeira, que atraviesa las tierras maravillosamente feraces de Bahía, es una ininterrumpida sucesión de bellas vistas. Primero, los palmares, tan tupidos y tan tenebrosos, tan extensos y tan imponentes como nunca los he visto. En general, conocemos las palmeras por solitarias, guardianas aisladas junto a una vieja choza, guardas de un parque señorial, en hileras en los bulevares de ciudades meridionales.
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