Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.209
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.. Para tan modesta gente, para el pueblo brasileño, la sola vista de semejante espectáculo es toda una fiesta. Como este desfile, con las jarras llevadas verticalmente -porque no ha de derramarse ni una sola gota de agua-, dura casi dos horas, nosotros habíamos ido con anterioridad a la iglesia, donde esperábamos la procesión. La iglesia ya estaba repleta. Mujeres, hombres y gran número de niños negros se apiñaban rientes en espera de la fiesta, estrechándose unos contra otros; en lo alto, las ventanas, la sacristía, las gradas, todo estaba ocupado por niños de cabello crespo, que temblaban de expectación. Sólo más tarde comprendí que en esa gente, fácilmente excitable, la espera hace que la expectación vaya subiendo de punto, hasta manifestarse como una especie de placer sensual, y cuando el primer tiro de morterete anunció que en un recodo del camino habían aparecido las primeras filas de la procesión, se produjo una explosión de regocijo como la he visto muy raras veces. Los niños negros batieron palmas y dieron patadas en el suelo, los adultos lanzaron gritos de ¡viva Bomfim!, toda la espaciosa iglesia resonó durante un minuto con los gritos de alegría. La procesión se hallaba todavía bastante lejos. En los rostros impacientes sé veía cómo la excitación iba cediendo a un estado de éxtasis, A cada tiro de morterete, otro grito de ¡viva Bomfim!, nuevo palmoteo y nuevo estrépito, cada vez más intensos; he de confesar que también a mí se me comunicó algo de aquella impaciencia contenida, de aquel apasionamiento conglobado de la muchedumbre Cerca y más cerca. Por fin, las primeras mujeres de la procesión pasan majestuosas por la puerta de la iglesia, yendo a depositar con devoción las flores delante del altar ... Yo las veía, desde lo alto, transitar erguidas por una calle que estalló en gritos, y en torno, el oleaje de cabezas, los millares de salvajes labios despegados en el único grito de ¡viva Bomfim, viva Bomfim! Teníase la sensación precisa de la intensidad de la expectación, era como una bestia oscura de tamaño gigantesco que estuviera a punto de abalanzarse sobre la presa. Llegó, por fin, el momento tan anhelado. Unos policías, con energía disciplinada, hicieron retroceder a la muchedumbre del centro de la iglesia, con el fin de despejar las baldosas que se habían de lavar. Mientras la muchedumbre continuaba gritando de júbilo, se empezó a derramar agua de las jarras, y los mozos tomaron las escobas.
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