Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.208
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En la. actualidad, es fiesta de toda la población, y una de las más sugestivas que he visto durante mi vida.
Empieza por una procesión que se dirige a la iglesia del Senhor do Bomfim recorriendo media ciudad, pues toda la población desea verla. Es una procesión auténtica del pueblo, y no un desfile, como hoy día en Niza, subvencionado por oficinas de turismo y por comerciantes para fines de propaganda. Nada más conmovedor que su carácter primitivo. De madrugada, en la plaza frente al Mercado, se reúne la muchedumbre, que se impacienta por ponerse en camino; ya están esperando los camiones del Mercado, los carros tirados por mulas y engalanados para la fiesta con los medios más baratos. A la caballería se le echa la sobrecama de encajes; las rue-das de los camiones se recubren de papel de seda color rojo, verde o amarillo; a la mula se le platean los cascos, y los barriles para el lavado -barriles ordinarios, de los que se usan en el mercado-, dorados con purpurina, ofrecen un aspecto magnífico; todos los adornos de la procesión costarían unos diez dólares, cuando más. Y resulta animada e imponente por la presencia de las mujeres de Bahía, que, con celo religioso, bajo el sol abrasador, recorren el largo camino con sublime majestuosidad, llevando sobre la cabeza los barriles y las jarras llenas de flores, admirables reinas negras, que, con motivo de la fiesta, han realzado su vestido de colores, ya con un pañuelo de encajes, ya con un collar tintineante, que se han prestado, pintándose en el rostro de ellas la felicidad de po-der servir, por peregrinación, al santo y a la alegría del pueblo. En carros, en vehículos antediluvianos, van los mozos, con las escobas terciadas; un conjunto de músicos, nada prácticos, que tocan instrumentos de metal, hacen ensayos, produciendo ensordecedoras estridencias: todo eso brilla y bulle a la luz llameante, y a lo lejos azulea el mar, y por encima, el cielo. Es un fanal de colores y de alegría.
Por fin -con el atraso habitual en el Brasil-, la muchedumbre se pone en marcha. Al frente, las mujeres, en larga hilera, con las jarras sobre las cabezas. La procesión pasa lentamente por la ciudad, pues todos quieren verla. Delante de las puertas y desde las ventanas agítanse pañuelos y óyense gritos de ¡viva el Senhor do Bomfim! Los ancianos han sacado sus mezquinas sillas de mimbre a la calle a fin de no perder nada.
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