Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.205
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Y lo primero que hicieron fue ir a bendecir a Dios por la gracia de la feliz travesía.
La más grande, aunque no la más hermosa de estas iglesias, es la catedral, anexa al viejo colegio de los jesuitas: iglesia de las grandes evocaciones, bajo cuyas baldosas yace Mem de Sá, el tercer gobernador general, y desde cuyos púlpitos predicó el padre Antonio Vieira. Es una de las primeras del Brasil y -si no me equivoco- la primera de la América del Sur, cuya entrada está revestida de mármol legítimo; los mismos barcos que salían de Bahía cargados de azúcar, regresaban conduciendo la piedra valiosa. Porque para aquellos hombres devotos las cosas más preciosas eran buenas para sus iglesias. Las calles eran estrechas, sombrías, ahogadas y sucias; las nueve décimas partes de la población negra vivían en chozas y mocambos. Mas la iglesia, en este país apartado, donde no había lujo alguno, debía ser suntuosa; por eso, traían azulejos para adorno de las paredes, y el oro de Minas Geraes revestía la madera oscura con brillo deslumbrante. Suscitóse luego la competencia entre las órdenes. Como los jesuitas poseían una iglesia, espaciosa y pomposa, los franciscanos deseaban poseer otra más hermosa. Y, en efecto, la de San Francisco es de estilo más depurado, porque sus proporciones son más sencillas. ¡Qué encanto en sus claustros! Las paredes relucientes de azulejos, las salas adornadas con preciosas obras de talla en jacarandá, los techos artesonados, y ¡qué gusto más sabio y más refinado en cualquier detalle! Mas los carmelitas y los benedictinos deseaban que sus iglesias no fuesen menos hermosas, y luego los negros querían que en la suya hubiera una virgen del Rosario y un San Benito de su mismo color. Por eso se encuentran hoy iglesias y conventos en todas partes, y en casi todas las calles de las mayores se dará con una que tiene el atractivo de la antigüedad. Cuantos fieles tuvieran el deseo de rezar, encontraban en la antigua colonia una iglesia para cada hora del día. Gracias a aquella piadosa competencia, existen en la actualidad hasta demasiadas iglesias para llenarlas por completo, y se tardaría muchos días en admirar cada uno de sus detalles y particularidades.
Esta abundancia de iglesias (que en las ciudades de Brasil de más reciente fundación son, en comparación con Europa, menos numerosas) me sorprendió.
Pregunté al amable eclesiástico que me acompañaba si Bahía seguía siendo, como otrora, la ciudad de la devoción.
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