Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.204
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En esta actitud majestuosa venden las princesas negras los productos más baratos del mundo: pastelitos untados con grasa o condimentados con especias, que preparan en un hornillo, sobre carbón de leña, fritadas y gui-so de pescado tan baratos que una hoja de papel para envolverlo resultaría demasiado costosa. La mano negra, que hace sonar suavemente las pulseras, nos los sirve en una verde hoja de palma. Y tan majestuosas son aquellas mujeres cuando caminan como cuando están sentadas. Llevan sobre la cabeza bultos muy pesados, cestos llenos de ropa blanca, o de pescado, o de frutas, pero es un espectáculo encantador verlas caminar por las calles con su carga, el cuello erguido, las manos puestas en jarras, seria y desembarazada la mirada. Un director de escena que ensayase un drama de palacio podría aprender mucho de estas princesas negras del mercado y la cocina. Por la noche, cuando se les ve en sus tenebrosas cocinas, alumbradas apenas por las llamas, preparando con diligencia misteriosa platos muy raros, se las creería brujas del mundo primitivo. No, no hay nada más pintoresco que las negras de Bahía, nada más abigarrado, ni más auténtico, ni más naturalmente animado que las calles de esta ciudad. Aquí, sólo aquí se llega a conocer Y a comprender el Brasil.
BAHÍA: IGLESIAS Y FIESTAS
Bahía no es solamente la ciudad de los colores, sino también la de las iglesias, la Reina del Brasil. El que haya en ella tantas como días tiene el año será tan exagerado como la afirmación de que Río de Janeiro pueda adjudicarse 365 islas en la bahía de Guanabara. En verdad, serán unas ochenta iglesias. Pero dominan la ciudad. En otras metrópolis, el perfil de las viejas iglesias que se eleva al cielo ha sido superado, hace mucho, por los rascacielos y otros edificios modernos. No hay, acaso, nada más simbólico que la vieja iglesia que otrora dominaba toda la Wall Street, en Nueva York, mientras hoy se acoge tímida a la sombra de los palacios de los Bancos. En cambio, en Bahía las iglesias siguen dominando la ciudad. Yérguense, altas e imponentes, en sitio desembarazado, rodeadas de sus conventos y. jardines, consagrada cada una de ellas a un patrono, a San Francisco, o San Benito, o San Ignacio. Ellas representan los comienzos de la ciudad; son más viejas que el palacio del gobernador y las casas lujosas. En torno a ellas se reunieron los colonos, a implorar la protección divina en el nuevo país, y los navegantes que, al cabo de muchas semanas de doble azul, divisaron, por fin, tierra firme, echaron de ver antes que nada el piadoso ademán de las torres altas.
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