Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.203
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Y dos calles más adelante nos encontramos en ambiente portugués; casas pequeñas y bajas, atestadas de gente y de vida, las mil formas del artesonado, y un poco más allá, los mocambos, las chozas de los negros, entre bananeros y árboles del pan. Calles asfaltadas al lado de otras con adoquinado de tiempos olvidados; en Bahía puede uno pasar en el lapso de diez minutos por dos, tres y cuatro siglos, cada uno de los cuales parece igualmente auténtico y natural. Puesto que el verdadero embrujo de Bahía consiste en que aquí todo sigue siendo auténtico y sin segunda intención -las llamadas curiosidades no se imponen al forastero, por estar encajadas, sin llamar la atención, en el conjunto-, lo antiguo y lo moderno, el hoy y el ayer, lo elegante y lo primitivo, el 1600 y el 1940, todo eso se funde en un solo cuadro animado, que, por añadidura, está puesto en el marco de un paisaje de los más apacibles y más amenos del mundo.
Lo más pintoresco de lo siempre pintoresco son las mujeres de Bahía, las negras de alta estatura, ojos oscuros y vestido peculiar. Las mujeres de Bahía, aun las más pobres, usan esa vestimenta de ordinario, todos los días, y no se puede imaginarla más pomposa. No es comparable con otra alguna, ya que no es africana, ni oriental, ni portuguesa, sino todo ello al mismo tiempo. Turbante, enroscado con arte exquisito, rojo, verde, amarillo o azul o abigarrado, pero siempre en tono vivo; blusa de color, de las que usan las campesinas eslavas y húngaras, y saya muy ahuecada, almidonada, de vuelo acampanado. Impónesele a uno la sospecha de que, en la época del guardainfante, las tatarabuelas esclavas de estas negras hubieran visto llevar a las damas portuguesas semejantes faldas vueludas, conservándolas en su vestido barato, de tela estampada, como símbolo de lujo y de elegancia. Un pañuelo, echado dramáticamente sobre el hombro, y que sirve también para cubrir la cabeza cuando llevan sobre ellas jarras o cestas grandes, y unos brazaletes tintineantes de metal barato completan el indumento con que las mujeres negras de Bahía caminan por las calles, cada una luciendo colores distintos, matices diferentes, pero siempre llamativos. Lo imponente, sin embargo, no ha de buscarse tanto en el vestido como en el porte con que lo llevan, en el garbo, en los movimientos. Están sentadas en el mercado o en algún umbral mugriento, extendiendo en rueda, cual manto de reina, su falda vueluda, de suerte que parecen hallarse dentro de una flor gigantesca.
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