Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.200
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Y precisamente luego de haber visto delante de mí el ladrillo de oro frío y absolutamente trivial, cobré conciencia de lo absurdo.
Me ocurrió, pues, algo extraño en esos valles del oro. Había ido allí para conocer mejor su poder, su efecto, en el punto de su origen, a la vista de sus formas reales, palpables. Pero nunca conocí más profundamente el absurdo de esa ilusión que en el minuto en que toqué, completamente falto de respeto, el amarillo ladrillo de oro, al que aun parcela estar pegado el esfuerzo invisible de miles de manos: no era más que frío y duro metal. Ninguna vibración, ningún calor inundó mis manos, ninguna excitación sobrevino a mis sentidos, ningún respeto sintió mi alma. Y no logré comprender que sirviese a esa ilusión la misma humanidad que, sin embargo, es capaz de crear tan grandes y brillantes obras como aquellas iglesias luminosas, y de guardar en ellas, respetuosamente, el legado terrenal de la eternidad: el arte y la fe.
VOLANDO SOBRE EL NORTE
BAHÍA: FIDELIDAD A LA TRADICIÓN
Esta ciudad representa los comienzos del Brasil y -afirmación fundada- de la América del Sur. Aquí fue establecida la cabeza del gran puente cultural sobre el océano; aquí se preparó con elementos europeos, africanos y americanos la mezcla nueva, en eficaz fermentación todavía. Por eso, Bahía nos inspira respeto antes que admiración: esta ciudad tiene el privilegio de ancianidad sobre las demás ciudades del continente americano. Bahía, con sus más de cuatrocientos años, con sus iglesias, sus catedrales y sus castillos, es para el Nuevo Mundo lo que las metrópolis milenarias para los europeos; lo que para nosotros son Atenas, Alejandría y Jerusalén: un santuario cultural. Y, lo mismo que frente a un rostro humano, se siente frente a esta ciudad, respetuosamente, que ella tiene un destino, un pasado glorioso.
La actitud de Bahía es la de una reina viuda, reina viuda de grandiosidad shakespeariana. Está unida a los tiempos pasados. Hace mucho que delegó el poder real en una generación joven, impaciente. Pero no abdicó, sino que ha seguido conservando su jerarquía y, por esta jerarquía, una majestad incomparable. Orgullosa y erguida, mira, desde lo alto al mar, por donde han llegado todos los barcos a lo largo de los siglos, ostentando todavía el viejo adorno de sus iglesias y sus catedrales, y esta actitud majestuosa se ha conservado en sus habitantes.
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