Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.151
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una casa, cuando mucho unas pocas chozas, medio cubiertas por palmeras, moradas de negros. Ya se empieza a olvidar que no se ha emprendido más que un paseo de una hora dentro de los limites de la ciudad, y se tiene la sensación de haberse alejado en ese término millas y más millas. Pero, de pronto, en una vuelta del camino, se mira hacia abajo, y he aquí de nuevo la ciudad. Se tiende de modo muy distinto, porque se la ve desde otro lado, se la reconoce y, sin embargo, no se la reconoce. Y sea cual fuere el camino que se siga, ascendiendo más aún hasta la Vista Chinesca, la Mesa del Emperador o volviendo hacia Tijuca, ese viejo barrio, de residencias aristocráticas, en todas partes las perspectivas se desplazan. Un aparato fotográfico necesitaría diez docenas de películas para registrar siquiera los aspectos más sorprendentes. Y luego se entra de nuevo en la ciudad, no se sabe desde qué dirección y en qué dirección -uno no se orienta ni aun después de meses de permanencia-, y se encuentran nuevos bulevares, como el de Mangue, guarnecido de palmeras, se pasa a lo largo del Jardín Botánico o se cruza la plaza de la República, que más que plaza es un parque. En una o dos horas se ha dado la vuelta, no sólo a una ciudad, sino a un mundo, y ligeramente mareado, vuélvese al medio del tumulto multicolor de los hombres y de los negocios. Una de esas calles meridionales recuerda la Cannebière, de Marsella, otra, que asciende por una colina, evoca Nápoles, los mil cafés, con los hombres que charlan despreocupadamente, recuerdan Barcelona o Roma, los cines, con su propaganda y los rascacielos, Nueva York. Se cree estar a un mismo tiempo en todas partes, y, sin embargo, por esa armonía singular sábese que se está en Río.
LAS CALLEJUELAS
Los grandes bulevares son lo nuevo, lo grandioso de Río; pocos hay en el mundo que puedan comparárseles en magnificencia de trazado y belleza de paisaje. Pero son rutas de tránsito, calles de exhibición, calles modernas, internacionales, y yo prefiero a su magnificencia deslumbrante las callejuelas anónimas en las que nadie se fija, por las que se puede transitar sin saber adónde se va, que encantan incesantemente con pequeñas gracias naturales, meridionales, y que impresionan tanto más románticamente cuanto más pobres, más primitivas y más humildes son.
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