Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.150
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Es tan neoeuropea como treinta años fue europea la avenida Río Branco, y es típico que gustan más vivir en la avenida Atlántica los extranjeros y viajeros que los verdaderos cariocas, quienes ahí tienen más la sensación de estar de visita que en su propia casa.
Y una curva más -aquí debe detenerse el peatón, es demasiado ya para una sola jornada-, y se cree uno transportado en alas mágicas, repentinamente, a Suiza. Allá, a pocos metros de la playa, tiéndese un lago, el lago de Freitas, enmarcado completamente por cerros. Con rapidez verdaderamente siniestra, una novísima ciudad de chalets se recostó sobre sus márgenes llanas, pero en lo alto los cerros la vigilan y, de noche, sus contornos oscuros se reflejan mágicamente en el espejo negro de sus aguas. Pero no nos detengamos. Baste una mirada sobre ese lago alpino en medio de una metrópoli, al que des-de lo alto contemplan despreocupadamente románticas chozas de negros. Otra extensa playa más, la de Ipanema, y otra más, la de Leblón, donde tanto las casas como las palmeras del bulevar son flamantes aún. Sólo después, la avenida se aproxima al mar abierto, y toma el nombre de Niemeyer. Abierta en la roca viva, como la Corniche de la Riviera, muy junto a la playa, cada vez más abrupta y rocosa, mira sobre el mar, que allí se muestra más peligroso y agitado. Pero a la derecha, los cerros tranquilizan al transeúnte y le ofrecen protección. Descienden cubiertos de verde matorral, palme-ras y bananos. Es un viaje lleno de variaciones, hasta que cerca de Joa se llega a un otero que brinda descanso y una amplia vista. Abierta la bahía con sus islas y rocas, desarrollado el panorama de las montañas lejanas, desaparecida la ciudad detrás de esa abigarrada decoración, se ha llegado al campo abierto, al término del viaje. Pero, ¿hasta cuándo será ello verdad? ¿Un año más? ¿Un decenio más? Ya en la ensenada próxima, en la playa de Tijuca, divídense los terrenos en lotes; donde la arena penetra blanda y blanca en los zapatos del viandante, pronto un nuevo paredón de casas se opondrá al mar. ¿Quién puede decir dónde Río terminará?, ¿dónde se detiene en verdad? Y otra vez una curva, y otra vez un mundo nuevo, El auto asciende en curvas empinadas la montaña; se pasa un cuarto de hora en la selva virgen; raras veces.
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