Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.149
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Así, por ejemplo, el primer tramo de Copacabana, llamado Leme, no es tan popular ni tan elegante y de tanto valor, a pesar de que se halla a sólo un kilómetro de distancia del resto de la avenida Atlántica y, en apariencia, tiene el mismo frente al mar. La avenida Atlántica, el frente de Copacabana, es una playa de lujo. Allí se levanta un hotel famoso, allí están los obligados cafés con orquesta cíngara, un casino y un paseo ancho; tiene además sus hábitos propios y, por lo tanto, no muy brasileños. Sólo aquí se ven, como en los lugares de veraneo europeos y norteamericanos, muchachas vestidas con pantalón y hombres con camisa de deporte, sin americana. La gente se sienta allí en los cafés y restaurantes al aire libre. No hay allí comercios ni camiones, pues esa playa sólo quiere estar reservada al lujo, la diversión, el deporte, los paseos, los colores, al placer del cuerpo y en particular al de los ojos. Es, en último análisis, la cabina de lujo para el baño gigantesco en esa playa enorme, que en muchos días reúne cien mil personas, sin por ello aparecer atestada. Aveces se tiene la impresión de que esa playa no forma parte, en verdad, de la ciudad y que, de manera parecida a lo que aconteció en Niza, pero en dimensiones mucho más grandiosas, fue anexada a una ciudad trabajadora, activa, de un millón de habitantes, a beneficio de los extranjeros y de las personas de vida fastuosa, y que sólo poco a poco penetró y se refundió con la vida, con el organismo de la urbe. Veinte años atrás, efectivamente, sólo unas pocas casitas modestas osaban levantarse sobre las dunas. Pero desde que se descubrió el amor al aire, al sol, al agua y las nuevas velocidades del automóvil, levantáronse en Copacabana, con asombrosa rapidez, barrios enteros. Hoy se va a Copacabana con la misma naturalidad con que en Viena se va al Prater o en París al Bois, que otrora significaban una excursión y poco menos que todo un viaje. Si Copacabana no es el corazón, es, por así decirlo, el pulmón a través del que Río respira. Pero con toda su belleza, una cosa es simbólica: sentado o de pie junto a esa playa, se da prácticamente la espalda al Brasil. Porque esa avenida mira -verdad que por sobre todo un océano- a Europa.
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