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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.148

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No hay allí casas de lujo, ni tránsito, fiebre, sino únicamente olas y rocas, playa y silencio. Involuntariamente, sobreviene la sensación de que se ha llegado al fin de la ruta, al extremo de la ciudad.
Pero, en verdad, sólo se ha llegado a un nuevo comienzo, a uno de los tantos principios con que esa ciudad se presenta, siempre sorprendente. Basta recorrer dos calles y atravesar un túnel horadado en la roca y de repente se está en la playa de Copacabana, que es, más que Niza y más que Miami, tal vez la playa más hermosa del mundo. Por increíble que ello parezca, lo cierto es que, después de esos cinco minutos de paseo de Río a Río, se está frente a un mar completamente distinto, en otra atmósfera, en otra temperatura, como si se hubiera hecho un viaje de varias horas. Y, en efecto, lo que se ha visto en la avenida Beiramar es otro mar, ya que no es sino el agua de una bahía completamente cerrada. Es el mar, sí, pero un mar dominado, encadenado, debilitado, que ya no tiene fuerzas para levantar olas furiosas y que, pese a su gran amplitud y extensión, ya no consigue producir un verdadero flujo y reflujo. En Copacabana, en cambio, la frente batida por el viento está repentinamente ante el Atlántico, y se sabe y se siente que a una distancia de miles de millas, hasta África y Europa, no se tiende más que ese mar inmenso. Poderosas, levantando espuma verde, las ondas -tiro de Poseidón- arremeten con las crines blancas de sus corceles marinos contra la inmensamente ancha playa resplandeciente. El trueno retumba en los oídos, y es tan fuerte el embate, tan potente el aliento del gigante atlántico, que el aire y agua pulverizados desprenden yodo y sal. Tan rica es en ozono, que muchas personas habituadas a la atmósfera, por lo demás suave y un poco pesada, no soportan la permanencia en esa playa eternamente estrepitosa, en esa llovizna incesante. ¡Pero cómo refresca, por eso mismo! Al cabo de cinco minutos de viaje se está en un ambiente con cuatro o cinco grados menos de temperatura, y éste es también uno de los cien misterios de esa ciudad, que sólo conoce quien ha vivido largo tiempo en ella, y es que las temperaturas cambian allí sensiblemente de esquina a esquina. En un mismo barrio, la calle del fondo puede ser más calurosa que la del frente, la de la izquierda, más azotada por los vientos, y la de la derecha en calma, y todo ello sólo porque se tienden en un ángulo determinado con respecto al aire del mar o porque, por otra parte, un cerro cierra el paso a esa brisa.


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