Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.147
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Ya esa primera mirada cree haber abarcado toda la visión panorámica, y, sin embargo, ¡cuán. poco ha alcanzado todavía, cuánto le espera aún! Después de la plaza París, la calle se estrecha y se acerca más al mar, desembocando en la playa Flamengo. Allí estaban antes las viejas residencias que miraban, en medio de jardines, modestamente, desde un primer o segundo piso sobre la playa. Pero tal lugar, con esa vista libre y la brisa refrescante, era demasiado costoso. Ahora los edificios se yerguen en un frente de cemento hasta once y doce pisos, y las gigantescas palmeras que antaño protegían los techos de las casas antiguas, apenas llegan hasta el pecho de las construcciones nuevas. La vista sobre la bahía se reduce poco a poco, pues enfrente se levanta petulante -adornado de noche con una corona de luces- el Pan de Azúcar, una mole impresionante, que guarda la entrada a la bahía y ante la cual toda embarcación debe pasar humildemente para poder penetrar en el puerto. Y otra curva más y se entra en otra bahía, la de Botafogo. Ya la vista no se tiende amplia y libre; se cree estar junto a un lago rodeado de montañas, entre montañas y oteros diferentes- de los que se acaban de dejar detrás de sí, pues forma parte del misterio del paisaje de Río el que las montañas, debido a su configuración irregular, ofrecen desde cada ángulo una silueta distinta. Lo que visto desde Botafogo impresiona como algo abrupto, es suave si se mira desde Flamengo; una superficie de un otero está cubierta de bosque, y la otra es roca viva, en tanto que en la tercera se levantan casas hasta en la cima. Del mismo modo, la bahía modifica sus curvas en cada recodo, debido al incesante zigzag de su trazado. En esa ciudad de la variedad, el mismo mar, y una misma montaña impresionan siempre de modo nuevo y sorprendente, en virtud de la variedad indescriptible de las perspectivas. En vez de hallar alguna cosa nueva, se descubre todo una y otra vez de nuevo.
Dos cuadras más y se está inesperadamente en otra ensenada, la Praia Vermelha, que está tan escondida en una garganta estrecha entre dos cerros, tan a trasmano de los barrios residenciales, que necesítanse semanas enteras para hallarla. Y, de repente, todo cambia otra vez de aspecto. Desaparecida la ciudad, perdida la vista de la bahía.
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