Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.146
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A la izquierda de la avenida Río Branco parten todas las calles que dan al puerto y con ello a la parte comercial de la ciudad. Aquí atracan los grandes transatlánticos, de aquí par-ten los ferryboats que comunican con las islas, aquí el mercado, abigarradamente luminoso, se llena de flores y frutas, aquí espera el aeropuerto con sus golondrinas plateadas, aquí se agrupan los diques, los arsenales y los cuarteles de la marina; formando un grupo nuevo y orgulloso, levántase aquí el bloque poderoso de los ministerios reunidos, edificios de doce, catorce y aun dieciséis pisos y de estilo modernísimo. De acuerdo con un plano atrevido, puede, decirse que allí casi toda la administración de un país enorme se halla condensada como en un solo bloque erguido. Pero aun cuando el puerto, el centro comercial y administrativo, tiene unos matices de más colorido que en otras ciudades, la fisonomía de lo moderno no deja por ello de impresionar allí como cosa internacional. Aun no se ha advertido la belleza urbana peculiar, personal, de Río de Janeiro, que no radica ni en lo útil ni en lo histórico, sino en el arte incomparable con que la ciudad trata de resolver armoniosamente todos los contras-tes.
La preciosa cadena de los bulevares costaneros, resplandeciente de noche con mil perlas de luz, en realidad sólo comienza en el extremo de la avenida Río Branco la plaza París, de la que parte, es algo como un broche artístico. El nombre de la plaza París no ha sido elegido al. azar. Los urbanistas franceses, que trazaron su plano, pensaban, sin du-da, en la plaza de la Concordia, tal como de noche resplandece con sus lámparas de arco. Pero esta plaza París tiene, además, la vista sobre la bahía con las islas y montañas al frente, de modo que el lujo urbano se mezcla en un cuadro inolvidable con la prodigalidad de la naturaleza. Entre el azul del mar y las blancas hileras de casas corre una ancha franja verde, y el cielo descansa abierto sobre las copas de los árboles de ese parque por el que pasan disparando automóviles y autobuses verdes, azules, rojos y amarillos, como fieras embravecidas, sin que su velocidad ni su estrépito confundan los sentidos, según acontece en otras calles. Allí la mirada puede descansar y admirar lo que le place. La animada línea de los palacios y hoteles, la bahía abierta con su borde blanco de Niteroi, los barcos y ferry-boats, o en la colina, por encima de las casas, la antigua, noble y blanca, Iglesia de Nuestra Señora de la Gloria, destacando sobre las pendientes más abruptas de la montaña, que, ella cual un telón de fondo, se yergue a mayor distancia.
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