Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.144
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Adornáronse has aceras con mosaicos blancos y negros asfaltóse la calzada, y las casas de comercio y los clubes se apresuraron a adaptar sus anchos y bellos frentes al estilo de la arquitectura moderna a la sazón.
Resultó, en verdad, una calle hermosa, y los brasileños podían decirse orgullosos que era digna de figurar al lado de los famosos bulevares europeos.
Pero en América, ese continente que progresa con una vehemencia muy propia, siempre resulta error y modestia fatal el pensar y calcular en medidas europeas. El tiempo y el espacio tienen allende el océano una distinta medida dinámica. Allí todas las cosas evolucionan más de prisa, pero, en verdad, también envejecen con mayor rapidez. Por eso, debido al crecimiento tropical de Río y al tránsito que se desarrolla de un modo fantástico, ya hoy la avenida Río Branco es demasiado estrecha, continuamente atascada por la procesión de los autos, que sólo pueden avanzar al paso, aparte de que retumba de ruido, está repleta de gente y siempre queda disminuida en su anchura por los vallados avanzados de constantes reconstrucciones. Porque ya los edificios magníficos de 1910 no parecen bastante grandiosos y atrevidos; el hotel de lujo de antes está condenado a desaparecer, y existe el propósito de levantar en su mismo solar un edificio de treinta y dos pisos. Las casas de seis pisos, o levantan otros más o son transformadas por completo; lo que treinta años atrás todavía parecía imponente y aun monstruoso, impresiona hoy como cosa pequeña, anticuada y pasada de moda, en cuanto al estilo. El teatro Municipal, completamente arrinconado en la sombra, no puede desplegar más sus proporciones, el Museo de Bellas Artes y la Biblioteca Nacional han perdido su superioridad, y tal como acontece con los bulevares del centro de París, con la Friedrichstrasse de Berlín y el Regent Street de Londres, los comercios de lujo empiezan a retirarse de esa agitación desenfrenada hacia calles adyacentes, más sosegadas. La avenida de lujo no es hoy mucho más que la vía obligada de tránsito y paso, sin rasgo propio y sin personalidad artística; precisamente el carácter que se había pensado darle, el de la distinción, se ha perdido, porque hoy únicamente procura servir a la época, y, sin embargo, ya no está a la altura de ella.
Para poder desplegar enteramente todo su ritmo, la ciudad tenía necesidad de avenidas nuevas y más anchas, y las crea, en su constante sofocación, con resuelta energía.
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