Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.143
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Se podría creer que se halla soñoliento en algún convento de benedictinos en Suiza o Alemania, en uno de esos antiquísimos refugios de los bibliófilos. De repente, junto a una ventana, la vista recuerda del modo más espléndido el lugar en que uno se encuentra: con sus rascacielos y palacios, con sus calles repletas, tiéndese la gran superficie de un mar de casas de una metrópolis moderna bajo la verde vigilancia de sus montañas. En la profundidad, yace la bahía con sus buques e islas y centellea el mar tropical. No hay lugar en Río, por apartado y solitario que sea, desde el que no se distinga esa duplicidad incomparable de ciudad y paisaje, de lo transitorio y lo eterno.
Este monasterio, y otro más, en la colina de San Francisco, es lo que Río de Janciro ha salvado de su pasado. Es su diploma de nobleza, que confirma la antigüedad y distinción de su cultura. Aunque todo lo mezquino y pobre de su tiempo colonial siga desmoronándose y desapareciendo, aunque la ciudad en su inquietud se modifique de año en año, ese esplendor áureo brillará a través de los tiempos.
PASEO POR LA CIUDAD
Todo camino arranca en Río de la avenida Río Branco. Es -o, mejor dicho, era- el orgullo de la ciudad. Hace unos cuarenta años, apoderóse de Río la ambición de emular a las grandes ciudades europeas y de disponer de un gran bulevar, una calle principal representativa en el corazón de la urbe. Y puesto que, como todas las ciudades meridionales, soñaba con trocarse en un nuevo París, sintióse tentado a imitar el ejemplo del bulevar Haussmann, que el gran prefecto de París había trazado con osada línea ancha, geométricamente derecha, a través del anterior caos de viejas calles revesadas. Pero el proyecto de esa avenida, de lujo ya se creía atrevido, tomando la medida de los bulevares europeos y adoptando un ancho de treinta y tres metros. Los brasileños de la vieja generación, los cariocas de arraigo, acostumbrados a los estrechos y sombreados pasajes coloniales, meneaban, sin embargo, la y explicaban que esa anchura desmedida era en extremo atrevida. Pero el proyecto se impuso. Construyóse en uno de los extremos de la avenida un magnífico teatro, muy al estilo de la ópera de París, la Biblioteca Nacional, el museo, el hotel de lujo de entonces, para señalar la nueva calle desde un principio como centro espiritual y cultural, e incluso se osó levantar edificios de seis pisos, que miraban orgullosos sobre los tejados bajos de los palacios y palacetes más antiguos.
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