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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.142

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Desde afuera, San Benito y su monasterio adyacente no brindan un aspecto particularmente imponente ni extraordinario. Es una sólida y ancha fábrica con pesadas torres redondas; el monasterio se parece, por su forma cuadrada, más bien a una fortaleza, y en tiempo de guerra, efectivamente, ha servido a tal fin. Sin hacerse grandes ilusiones, traspásanse las pesadas puertas artísticamente labradas. Pero, apenas se penetra en el interior, el visitante queda deslumbrado. Acaba de estar ante la intensa luz meridional de Río, y ahora le rodea a uno un resplandor color de miel, una luz débil, extrañamente atenuada, como la de una puesta de sol en medio de la niebla. No se distinguen contornos; el espacio y la forma se diluyen en esa neblina luminosa. Sólo entonces se advierte que ese resplandor proviene del oro que ilumina todas las pare-des por igual. Pero no es el timbre de color alto, ruidoso, chillón, del metal dorado, sino un esplendor tenue, se estaría por decir silencioso, que cubre los pilares y los paneles como una pátina. Todas las líneas y todas las superficies se confunden de este modo, delicada y suavemente, y, unidas a la luz del día que penetra a través de unas claraboyas, producen ese brillo flotante que recorre la amplia nave como un velo vaporoso.
Poco a poco el ojo se habitúa y consigue percibir tal o cual detalle. Entonces se reconoce que lo que en nuestras iglesias está formado de piedra, metal y mármol -las balaustradas talladas, los paneles, los adornos- aquí está hecho de madera del país; pero esta madera se halla no se sabría decir si pintada o cubierta de una delgada capa de oro, de una capa tan delgada y aplicada con tanto arte que reproduce suave-mente y sin llamar la atención toda curva, toda insinuación, atenuando de manera admirable lo ensortijado del barroco. Sin ser comparable, en originalidad y magnificencia, a las grandes catedrales europeas, los artistas que hicieron San Benito consiguieron algo único: un modo feliz y original de dominar la materia, una armonía absoluta dentro de ese crepúsculo de oro, que es inolvidable. Y ese carácter gratamente medido predomina también en el convento, con sus amplios pasillos pavimentados, sus pesadas puertas negras de madera, la biblioteca bellamente proporcionada, el claustro aislado. Se atraviesa esas galerías frescas, protegidas por gruesos muros contra el ruido y las voces, como una época lejana. Uno olvida que está en un mundo meridional, más allá del ecuador y bajo otras constelaciones.


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