Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.141
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No hace falta recurrir a las excelentes descripciones que da Luis Edmundo en su libro sobre el Río del tiempo de los virreyes para barruntar cuán terriblemente apestados y sofocantes deben haber sido esos pasajes estrechos en una época en que los hombres compartían con el ganado el uso de aquellas vías y no se observaban todavía ni aun las más primitivas leyes de la higiene. Los po-cos edificios públicos del tiempo colonial, los caserones y cuarteles, fueron levantados a toda prisa, con poco dinero, sin plano ni ambición, y representan, en el mejor de los casos, copias baratas de sus similares portugueses. Todo lamento sentimental por la desaparición del «Río antiguo» es, pues, en verdad, cosa únicamente de unos pocos ancianos, que con ello deploran, inconscientemente, su propia juventud mar-chita. En puridad de verdad, Río no ha perdido gran cosa con lo que removió. De todo cuanto dejó la época colonial, sólo unas pocas iglesias, sobre todo la magníficamente situada de Nuestra Señora de la Gloria del Otero y la de San Francisco, así como el acueducto con sus líneas de nobles curvas, merecen ser conservados, aparte acaso de alguna que otra de esas callejuelas estrechas, dignas de perdurar como símbolo de aquellos tiempos. Porque, como monumento de su pasado, queda, el testimonio imperecedero de la iglesia y el convento de San Benito.
Esa iglesia de San Benito se sustrajo a la mutación de los siglos atrincherándose solitaria y valientemente desde el primer día en un otero; de tal suerte ese edificio, cuya construcción se inició en el año de 1589, se conservó como único monumento imponente del siglo dieciséis, y no se olvide: una obra de arte del siglo dieciséis, representa para el Nuevo Mundo, en cuanto a edad, tanto como para nosotros el Partenón y las Pirámides. Solitaria en su colina, sin que los edificios altos a su pie atajen su vista, mirando libremente hacia todos los lados, significa un trozo magnífico de belleza y quietud en medio de esa ciudad de empuje inquieto y de colores y ruidos estridentes. En este solo punto el tiempo se ha detenido en Río; sólo aquí su impaciente voluntad de renovación no ha conseguido modificar cosa alguna. La calle vieja y escabrosa que conduce a la colina es la misma aún que tres siglos atrás subían los peregrinos, y desde la misma terraza que antes ofrecía el espectáculo de ver atracar los galeones y veleros portugueses, se ve ahora arribar los paquebotes que siguen, lenta y majestuosamente su ruta.
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