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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.140

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El terreno ha tiempo ya ha sido nivelado, y anchas calles cruzan el suelo aplanado. ¡Extraño fenómeno! El viejo Río de Janeiro ha desaparecido y el nuevo se levanta sobre un suelo completamente distinto del de la ciudad de los siglos dieciséis y diecisiete. Donde hoy pasan las calles asfaltadas, no había originariamente más que pantanos cruzados por arroyos, insanos e inhabitables, y los primeros moradores se habían refugiado en las colinas. Sólo poco a poco pudo arrebatarse el terreno a los pantanos y al mar, desecando el suelo entre las montañas, cubriendo los arroyos y canalizándolos, adelantando al mis-mo tiempo la ciudad cada vez más en dirección a la bahía, rellenando las orillas. Luego cayeron los oteros que entorpecían el tránsito. De esta manera, la ciudad íntegra, en verdad, se dio vuelta en el curso de trescientos años, y todo o casi todo lo histórico ha caído víctima de esa transformación impaciente.
No significa ello una gran pérdida, pues en los siglos dieciséis y diecisiete y hasta muy adelantado el siglo dieciocho, Bahía fue la capital del Brasil, y Río era demasiado pobre, demasiado insignificante como para que allí se levantasen construcciones artísticas y palacios lujosos. Aun cuando a principios del siglo diecinueve la corte portuguesa estableció en Río su residencia, los huéspedes involuntarios no encontraron alojamiento digno. De esta suerte, todo lo histórico data pues, cuando mucho, de los tiempos coloniales, y una casa de ciento cincuenta años de edad ya goza en esa ciudad (al contrario de lo que ocurre en Bahía) de veneración. De ese tiempo colonial, su estilo y sus formas de vida obtiénese más fácilmente una idea en las pocas calles próximas a la Alfandenga, cuya genuinidad no ha sufrido alteración todavía. Son típicamente portuguesas, y su modestia causa una impresión realmente grata. Sus casas, de uno o dos pisos, otrora seguramente pintadas con varios colores, no tienen más adorno que el encaje de hierro bellamente forjado de sus balcones; venidas a menos, después de su distinción de otro tiempo, sirven ahora casi exclusivamente de asiento para pequeñas tiendas. En el piso bajo están los comercios, los armazens con sus depósitos, y puede verse desde afuera la mercadería apilada, y generalmente aun se la huele a alguna distancia; pues esas callejuelas en las inmediaciones del puerto, las últimas que quedan aún de los tiempos de la colonia sin haber sufrido transformación, despiden un olor cálido y grasiento de pescado, frutas y verduras.


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