Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.139
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Cuando se sale de Río, se tiene la impresión de que en las demás ciudades los colores carecen de luminosidad, la gente en la calle se le antoja monótona, la vida demasiado ordenada, demasiado uniforme. Todo parece luego desencantado, sombreado, en comparación con esa embriaguez de colores y formas, después de la divina variedad de esa ciudad.
Se puede vivir en Río como se quiera. La idea de ser rico es más seductora allí, como lo es la de vivir en uno de esos palacetes de ensueño, rodeados de parques en los oteros de Tijuca, y, sin embargo, es allí al mismo tiempo más fácil ser pobre que en cualquier otra metrópolis. El mar está abierto a los bañistas, la belleza al alcance de toda mirada, las pequeñas necesidades de la vida son baratas, la gente es amable, y es inconmensurable la multitud de las pequeñas sorpresas diarias que dan la felicidad, sin que se conozca la causa. Algo tierno y de distensión flota en la atmósfera, algo que tiene por consecuencia que el individuo sea menos combativo y acaso también menos enérgico. Mirando y gozando, siempre el hombre es allí el beneficiado, e inconscientemente recíbese de ese paisaje, como de todo lo bello y sin par en la tierra, un misterioso consuelo. De noche, con sus millones de estrellas y luces, de día, con sus colores claros y penetrantes, cálidos y agudos, en el crepúsculo con sus tenues nieblas y juegos de nubes, en su bochorno fragante y bajo sus aguaceros tropicales, esa ciudad es siempre encantadora. Cuanto más tiempo se la conoce, tanto más se la quiere, y, sin embargo, cuanto más tiempo se la conoce, tanto menos puede describírsela.
EL RIO DE JANEIRO ANTIGUO
Para comprender cabalmente una ciudad, una obra de arte, una persona, preciso es conocer su pasado, la historia de su vida, su desarrollo. Por eso, mi primer camino en cada nueva ciudad que visito me lleva hasta los fundamentos sobre los que se levanta, para comprender el hoy a través del ayer. Era lo más natural, pues, que en Río visitase en primer lugar el Morro do Castelo, la colina histórica donde cuatro siglos atrás se atrincheraron los franceses y donde los portugueses, en su victorioso avance, colocaron luego la verdadera piedra fundamental de la ciudad. Pero la búsqueda fue infructuosa. La histórica colina ha sido arrasada. No subsiste de ella ni una sola piedra, ni un solo terrón.
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