Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.138
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El recorrer las calles -que en otras ciudades no conduce a nada ni es casi posible ya- constituye en Río todavía un placer y un diario goce de descubrimientos. Dondequiera que uno se halle, siempre se ofrece a su mirada un deleite. Se visita a un amigo y se mira, por casualidad, a través de una ventana del sexto piso: amplia y majestuosa como jamás se la ha visto, tiéndese la bahía con sus islas relumbrantes y los vapores que se deslizan. En esa misma casa se entra en una habitación que da a los fondos y ya desapareció el mar y tiénese enfrente, en cambio, la cruz iluminada del Corcovado y los bultos oscuros de las sierras. A horas de distancia brillan las luces de la calle y al mismo tiempo vese, inclinado sobre la barandilla del balcón, a los pies, un rancherío de negros con sus chozas y luces abigarradas. Quiere uno dirigirse al centro de la ciudad y debe cruzar una montaña; a cada instante ruégase al amigo que conduce el coche que lo detenga para que no se pierda otra y otra vista sorprendentes. Quiere uno llegar hasta un suburbio, para contemplar allí las tenduchas multicolores, y encuéntrase de improviso entre feudales palacetes con jardines seculares. Se sube en el tranvía de Santa Teresa a la coli-na, para estar en medio de la naturaleza solitaria, y se da impensadamente con un acueducto del siglo XVIII, y unos pocos minutos después con todo un grupo de empinadas casas de departamentos. En un cuarto de hora puede pasarse de la brillante costa del mar a la cumbre de una montaña, en cinco minutos puede pasarse de un mundo de lujo a la pobreza más primitiva de unas chozas de barro, y luego en seguida, nuevamente, al medio del fárrago cosmopolita de relumbrantes. cafés y entre un torbellino de automóviles. Todo se entrecruza allí, se confunde, se mezcla, pobre y rico, viejo y nuevo, paisaje y civilización, chozas y rascacielos, negros y blancos. carretas anticuadas y automóviles, playa y roca, vegetación y asfalto. Y todo esto brilla y resplandece en los mismos colores deslumbrantes y saturados, hermoso lo uno y lo otro, todo entremezclado y fascinador. No se cansa uno nunca, jamás se harta. Nunca se termina de abarcar el perfil entero de la ciudad, pues tiene ella docenas, no, centenares de perfiles. Desde cada ángulo, desde cada lado, desde cada perspectiva se presenta de otro modo, es distinta de adentro que de afuera, desde arriba que desde abajo, desde la montaña, el mar, la calle, el avión, la barca, distinta desde cada casa, y aun desde cada piso y cada habitación de esa misma casa.
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