Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.136
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Es prácticamente imposible expresarse mejor que ese rudo guerrero. La belleza de esa ciudad, de ese paisaje, en rigor, difícilmente puede reproducirse. Se resiste a la palabra, se resiste a la fotografía, porque es demasiado heterogénea, imposible de abarcar, inagotable en exceso; ni siquiera un pintor que deseara representar el conjunto de Río con sus mil colores y escenas podría dar cima a su obra en lo que dura una vida entera. Porque la naturaleza aglomeró allí, en un capricho único de prodigalidad y en reducido espacio, todos los elementos de la belleza del paisaje que de ordinario distribuye parcamente entre países enteros, uno acá y otro allá. Está aquí el mar, pero el mar en todas sus formas y colores, trayendo en la playa de Copacabana verde espuma de la lejanía infinita del océano Atlántico, asaltando en Gávea furiosamente esta o aquella roca, y luego, en Niteroi, plegándose nuevamente calmoso y azul a la arena llana de la playa o envolviendo tiernamente las islas. Hay ahí montañas, pero cada cima, cada pendiente tiene otra forma, escarpada, gris y rocosa la una, cubierta de verdor y suave la otra, empinado, puntiagudo el Pan de Azúcar, y como achatada con un martillo gigantesco la altura de Gávea, dentellada y desgarrada la sierra de Orgãos. Cada una conserva obstinadamente su forma, sin que por ello dejen de unirse en un círculo fraternal. He aquí lagos corno el de Rodrigo de Freitas y el de Tijuca, cuyas aguas reflejan las montañas, el paisaje y, a la vez, los focos eléctricos de la ciudad; he aquí las cataratas que se precipitan frescas y espumosas desde las rocas; he aquí ríos y arroyos, el agua en todas sus formas y aspectos. La vegetación presenta ahí todos los colores, la selva con sus lianas exuberantes y su maleza impenetrable llega hasta casi junto a la ciudad; hay ahí parques y cuidados jardines que reúnen toda suerte de árboles, frutas y arbustos del trópico en un aparente caos y, sin embargo, en sabio orden.
Por doquier, la naturaleza es exuberante y, no obstante, armoniosa, y en medio de la naturaleza hállase la misma ciudad, un bosque pétreo, con sus rascacielos y palacetes, sus avenidas y plazas y callejuelas de un colorido oriental, con sus ranchos de negros y ministerios gigantescos, sus playas y casinos. Un todo a la vez, una ciudad de lujo, un puerto, un emporio comercial, una ciudad de turismo, industrial y de funcionarios.
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