Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.135
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Aquí todo es armonía: la ciudad, el mar, el verdor y las montañas, todo se confunde armoniosamente; ni los rascacielos, ni las embarcaciones, ni las multicolores luminiscencias publicitarias constituyen estorbo alguno; y esa armonía se repite en acordes cada vez más diferentes: esta ciudad, vista desde las colinas, es distinta de la misma ciudad vista desde el mar, pero en todas sus partes predomina la armonía, multiplicidad resuelta que siempre vuelve a formar una perfecta unidad: la naturaleza hecha una ciudad, y una ciudad que impresiona como la naturaleza. Y del mismo modo ambiguo, inagotable, grandioso y liberal que nos recibe, sabe retenernos; desde la hora de la entrada sabemos que la vista no se cansará y que los sentidos no se hartarán de esta ciudad sin par.
Más breve, pero, acaso, más perturbadora aún es la impresión que se recibe llegando en avión a la ciudad. En tal caso se obtiene por primera vez una visión completa de la disposición verdadera de Río, se ve cómo está tendida en la falda de las montañas, que la vigilan; cómo, por así decirlo, se va diluyendo en el paisaje. Se va planeando sobre montañas y más montañas y de repente se abarca la amplitud de la bahía que encierra a esa perla blanca en su gigantesca concha azul. Se ven las diagonales tajantes, como trazadas a cuchillo, de las avenidas que la atraviesan, la playa resplandeciente, no más ancha que la piel blanca que cubre una naranja dorada, y luego, esparciéndose hasta muy tierra adentro, las manchas blancas de los chalets y casas, y todo esto destacando sobre un doble azul: el cielo límpido y acerado y el agua que lo refleja. Y cuando el avión toma una curva, es como si las sierras desapareciesen de pronto, y entonces es la ciudad, con sus casas albas, la que saluda como una sola pared blanca de piedra, y ya se distingue la cinta movida de los autos que recorren las avenidas costaneras, los bañistas en el mar, se percibe la vida que le espera a uno y los colores que deslumbran al que llega. Y una, dos, tres veces más, el avión va perdiendo altura hasta casi tocar el tejado del monasterio de Sanl Benito. Luego rechinan las ruedas, se aterriza en suelo firme, en la tierra más bella del mundo.
LA CIUDAD
En el año de 1552, casi cuatro siglos atrás, Tomé de Sousa escribió, al llegar a Río de Janeiro: Tudo é graça que dela se pode dizer.
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