Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.128
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El Brasil no ha pasado por una época isabelina, no ha tenido una corte como la de Luis XIV, ni una amplia masa burguesa apasionada por el teatro, como España o Austria. Toda la producción teatral se basaba, hasta muy adelantado el imperio, exclusivamente en la importación -y, para ser más exacto-, debido a las distancias enormes, en la importación de compañías y de obras inferiores. Aun bajo don Pedro no se había hecho una tentativa adecuada para tratar de fomentar un verdadero teatro nacional, y las primeras compañías que llegaban de Europa al país incluso trabajaban en idioma español y no en portugués. Hoy, cuando en las ciudades con centenares de miles de habitantes, y aun con millones, habría acaso un público bien dispuesto, resulta tal vez demasiado tarde ya para iniciar algo en ese sentido, debido a la influencia del cinematógrafo, que todo lo inunda.
Es parecida la situación en la música. En ella también se deja sentir la ausencia de una tradición secular, que hubiera penetrado profundamente en todas las capas sociales. Faltan los grandes coros educados, de modo que las mismas obras monumentales de la música, como La Pasión según San Mateo, los grandes réquiem, la Novena Sinfonía, de Beethoven, los oratorios de Händel, les son prácticamente desconocidas al gran público. Tanto la ópera de Río de Janeiro como la de São Paulo basan su repertorio, como hace cincuenta años, sobre la producción italiana de Verdi y, en el mejor de los casos, de Puccini.
Una obra como el Tristán, que el emperador don Pedro quiso hacer estrenar, hace casi un siglo, en Río de Janeiro, ha sido interpretada desde entonces dos o, cuanto mucho, tres veces, y la música verdaderamente moderna es poco menos que ignorada. Sólo ahora se han comenzado a formar orquestas sinfónicas, pero sigue predominando entre el público el gusto por la música ligera, amable.
Tanto más sorprende el que ese país haya producido, en una época en que la educación musical significaba un perfecto heroísmo y una voluntad de aprender verdaderamente resuelta, un músico al que fue dado un ruidoso éxito universal: Carlos Gomes. Oriundo de un villorrio del Estado de São Paulo, donde nació en el año de 1836, integró, a los diez años de edad, una banda de música. Formóse sin maestro verdadero en un país en donde es tan difícil obtener una partitura como asistir a una verdadera representación de ópera, y dio muestras de tal voluntad que a los veinticuatro años ya pudo presentar una ópera, A noite do Castello.
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