Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.126
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El brasileño está de por sí absolutamente interesado en cuestiones espirituales. Tiene un intelecto ágil, una comprensión fácil, una naturaleza comunicativa, y, como descendiente de portugueses, le caracteriza el gusto natural por las bellas formas lingüísticas, que allí se manifiestan como cortesías exquisitas en las cartas y en el trato reciproco, e inclinan, en la oratoria, hacia la redundancia. Gusta leer; rara vez se ve al obrero, al cobrador de tranvía, en un minuto libre, sin un diario en la mano, y pocas veces se encontrará a un estudiante joven sin un libro. Para esta nueva generación, la escritura y la lectura no son, como para el europeo, cosa natural desde siglos, herencia tradicional, sino algo conquistado por ellos mismos, y aun cifran su orgullo y su alegría en descubrirse a sí mismos y a toda la literatura universal. No se cae en la exageración cuando se afirma que en los países sudamericanos, más que en todos los otros, existe todavía cierto respeto por la labor intelectual, y que la obra contemporánea -gracias al bajo precio de las ediciones -se difunde más rápida y ampliamente entre el pueblo que en las naciones supeditadas a las tradiciones. Gracias a la ingénita propensión del brasileño por las formas delicadas, la poesía ocupó durante mucho tiempo preeminencia en la literatura nacional. Con los poemas épicos Uruguay y Marilia iníciase la cultura brasileña del verso, que produce personalidades verdaderamente destacadas. En este país un lírico puede todavía lograr verdadera popularidad. En todos los parques encuéntranse, como en los de Monceau y Luxemburgo, de París, estatuas a los poetas nacionales, y la población, mejor dicho, el verdadero pueblo, colectando pequeñas monedas de plata, tributó ese homenaje enternecedor incluso a un poeta en vida, Catullo Peixão Cearense. Es uno de los últimos países que aun honra a la poesía, y la Academia Brasileña reúne hoy un número considerable de poetas, que imprimieron al idioma nuevos matices personales.
La prosa, la novela y el cuento tardan más en emanciparse del ejemplo europeo. Aun el descubrimiento del «buen indio» en los Guaranís, de José de Alencar, no fue, en el fondo, sino una reimportación de modelos extranjeros, como Atala, de Chateaubriand, o El último mohicano, de Fenimore Cooper; sólo son brasileños la temática exterior de sus novelas y el color histórico, pero no así la actitud psicológica, la atmósfera artística.
Sólo en la segunda mitad del siglo diecinueve, el Brasil penetra con dos figuras verdaderamente representativas, con Machado de Assis y Euclides da Cunha, en el aula de la literatura universal.
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