Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.125
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Sólo en 1823 empiézase, bajo el imperio, a hacer proyectos para que cada villa ou cidades tuvesse uma escola pública, cada comarca un liceu, e que se establecessem universidades nos mais apropiados locais. Pero transcurren cuatro años hasta que en 1827 se establece, mediante una ley, la exigencia mínima según la cual en cada localidad de alguna importancia debe existir un colegio primario. Con ello se colocan, por fin, las bases principales para un progreso que, sin embargo, sólo se efectúa al ritmo de tortuga. En 1872 se calcula que, dada una población de más de diez millones, sólo un total de 139.000 niños concurren a las escuelas, y aun en nuestros días -en 1938- el gobierno se vio todavía frente a la necesidad de nombrar una comisión especial con encargo de tomar iniciativas para poner fin definitivamente al analfabetismo.
Durante siglos faltaba, pues, para el anhelado florecimiento de una literatura y poesía propias, el humus adecuado que propiciase un verdadero crecimiento: un público local. Componer versos y escribir novelas significaba para el brasileño, hasta hace poco tiempo, un sacrificio verdaderamente heroico y sin ninguna perspectiva material en aras del ideal poético, pues, a menos que se pusieran al servicio de la prensa o de la política, todos los autores trabajaban y hablaban completamente en el vacío. Las grandes masas no estaban en condiciones de leer sus libros, porque no sabían leer del todo, y la delgada capa intelectual superior estimaba de poca importancia encargar un libro brasileño y adquiría sus lecturas de novelas y versos exclusivamente en París. Sólo en los últimos decenios, la inmigración de elementos habituados a la cultura y, por lo tanto, ansiosos de ella, así como la enorme difusión de la instrucción entre la clase media que surge, produjo en ese sentido un cambio, y la literatura brasileña se abre paso hacia la literatura universal con toda la impaciencia que sólo conocen las naciones, largamente contenidas en su progreso. El interés por la producción intelectual es asombroso. Una librería está junto a la otra, la confección de libros mejora constantemente en cuanto a la impresión y presentación, y hay obras de literatura y científicas que ya pueden alcanzar tiradas que un decenio atrás parecían todavía quimeras. La producción brasileña empieza a superar a la portuguesa. La creación espiritual y artística ocupa el centro del interés de toda la nación en mucho mayor grado que entre nosotros, donde el deporte y la política desvían de idéntico modo fatal la atención de la juventud.
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