Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.124
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Aun esas familias antiguas -un siglo pasa en el Brasil por tiempo remoto- no han sido desplazadas de su predominio cultural por una aristocracia nueva de la riqueza, porque, en su mayor parte, son acaudaladas ellas también y porque las diferencias se confunden en ese país mucho más insensiblemente que entre nosotros. Lo brasileño ignora lo exclusivo -en ello estriba su verdadera fuerza- y, lo mismo en la estratificación racial que en la social, el proceso de asimilación no tiene solución de continuidad. Toda tradición, todo lo pasado, es allí de duración demasiado corta como para que no se disuelva fácil y voluntariamente en las formas nuevas de lo brasileño, que sólo están definiéndose.
Puesto que la masa inferior, debido al analfabetismo y al aislamiento en el espacio, no participa de la constitución de una cultura típicamente brasileña, recae sobre aquellos dos grupos, tanto en lo productivo como en el sentido receptivo, toda la participación individual brasileña en la cultura universal. Para justipreciar debidamente ese esfuerzo especifico, no hay que olvidar que toda la vida espiritual de esa nación abarca apenas un siglo y que en los trescientos años anteriores de la colonia fue suprimida sistemáticamente toda forma del empuje cultural. Hasta el año de 1800, en ese país, que no tiene permiso para imprimir un diario ni una obra literaria, el libro constituye una preciosidad, una rareza, y además, generalmente, algo superfluo, pues seguramente pécase por optimista y no por pesimista cuando se supone que alrededor del año de 1800 había, entre cien personas, noventa y nueve analfabetas. Al principio fueron todavía los jesuitas quienes impartían la enseñanza en sus colegios, don-de, desde luego, anteponían la de la religión a todas las for-mas de la instrucción universal y contemporánea. Al procederse en 1765 a su expulsión, queda un vacío absoluto en la instrucción pública. Ni el Estado ni las municipalidades piensan en instalar escuelas. Un impuesto especial a los comestibles y las bebidas, ordenado en el año de 1772 por el marqués de Pombal con el propósito de instalar con su producto escuelas primarias, no pasa de ser un decreto en el papel. Con la corte portuguesa en fuga, llega en el año de 1808 la primera verdadera biblioteca al país, y para prestar a su residencia, aun exteriormente, cierto brillo cultural, el rey manda llamar sabios y funda academias y una escuela de ar-tes. Pero con ello no se consigue mucho más que una fachada, un barniz muy delgado; se continúa sin hacer nada en gran escala para revelar sistemáticamente a las grandes masas el, por supuesto, muy modesto misterio del leer, escribir y calcular.
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