Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.123
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Por encima de esa clase, que ya abarca a todo el país, cuya influencia aumenta constantemente y que representa el nuevo Brasil, se halla o, mejor dicho, existe invariable la clase antigua y mucho más reducida, que se estaría dispuesto a llamar aristocrática si en ese país, nuevo y absolutamente democrático, aquella palabra no indujera a error. Procedente en parte todavía de la época colonial, en parte sólo venida al país con el rey Juan de Portugal, esas familia, doble y triplemente emparentadas entre sí -unas ennoblecidas y otras no-, en realidad, no tuvieron tiempo para tomar la forma rígida de una casta. Su mancomunidad consistía únicamente en la actitud, en el modo de vivir y en su cultura, muy evolucionada desde hace generaciones. Personas que han viajado mucho por Europa o que han sido educadas por profesores y ayas europeos, en su mayor parte adineradas, o que desempeñan altas funciones gubernativas, conservaron desde los comienzos del imperio el contacto espiritual con Europa y cifraron su ambición en representar al Brasil ante el mundo en el sentido de un carácter culto y progresista. A esos círculos pertenece la generación de los grandes estadistas como Río Branco, Ruy Barbosa, Joaquín Nabuco, quienes dentro de la única monarquía de América sabían unir felizmente el idealismo democrático norteamericano con el liberalismo europeo, e imponer silenciosa y tenazmente el método de conciliación, de las cortes de arbitraje y de los convenios que tanto honra a la política brasileña.
Aun hoy, la diplomacia está casi exclusivamente reservada a esos círculos, mientras que el servicio de administración y el ejército ya empiezan a pasar en mucha mayor medida a ma-nos de la joven clase burguesa ascendente. Pero su influencia cultural sobre el nivel general de representación adviértese todavía de modo beneficioso. En su manera de vivir también falta todo lo que sea ostentación. Habitantes de hermosas residencias con viejos y magníficos jardines, pero que de ningún modo pretenden hacer las veces de palacios, y que se encuentran, en su mayor parte, en los barrios antaño exclusivos de la ciudad, en Tijuca y Laranjeiras o en la rúa Paysandú, conservan en su cultura hogareña la tradición, y siendo a la vez coleccionistas de todos los valores artísticos e históricos de su país, representan, por su apego nacional y su simultánea universalidad espiritual, un tipo de máxima civilización, que falta casi por completo en los demás países sudamericanos y que recuerda vivamente al tipo vienés con su amor al arte y su liberalidad espiritual.
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