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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.121

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Si no es entre las trescientas o cuatrocientas familias «superiores», no se encuentra en todo el país un cuadro de valor, una obra de arte siquiera mediocre, o libros valiosos; en fin, nada de la amplia comodidad del pequeño burgués europeo. En el Brasil lo que sorprende una y otra vez es la sobriedad. Puesto que la casa está destinada exclusivamente a la familia, no trata de cegar con pompa falsa ni con pequeñas suntuosidades. Con excepción de la radio, de la luz eléctrica y acaso un cuarto de baño, la disposición de la casa no se diferencia mayormente de la de los tiempos coloniales de los virreyes, al igual que la forma de vida. Muchos rasgos patriarcales del siglo pasado, que entre nosotros ha tiempo ya -y uno está por lamentarlo- se han transformado en algo histórico, siguen conservando en el Brasil todo su rigor. Una voluntad tradicional se opone conscientemente, sobre todo, a la disolución de la vida familiar y a la abolición del principio de la patria potestad. Como en las viejas provincias norteñas de la América del Norte, en el Brasil el concepto más severo del tiempo colonial sigue surtiendo inconscientemente sus efectos; se descubre que allí imperan aún los hábitos que, al decir de nuestros padres, se respetaban en Europa en el ambiente de nuestros abuelos. La familia sigue siendo el sentido de la vida y el verdadero centro de energías del que todo emana y al que todo reconduce. Se vive en unión y concordia, durante la semana en el círculo más estrecho, y los días de fiesta en el círculo más amplio de los parientes; se determinan en consejo de familia la profesión, el estudio que ha de seguir cada hijo. Dentro de la familia, el padre, el esposo, continúa siendo jefe indiscutido de los suyos. Tiene todos los derechos y privilegios, y puede contar con la obediencia como cosa natural, y, principal-mente en los ambientes rurales, es costumbre, como en los siglos pasados entre nosotros, que los niños besen la mano del padre en señal de respeto. Nadie discute todavía la superioridad ni la autoridad del hombre, a quien se conceden muchas cosas vedadas a la mujer. Aun cuando ésta ya no vive bajo tanto rigor como pocos decenios atrás, queda, sin embargo, esencialmente reducida a un círculo de influencia y de acción dentro de la casa. La mujer burguesa casi nunca sale sola a la calle, y aun yendo acompañada por una amiga, se la tildaría de incorrecta al verla después del anochecer fuera de casa sin su marido.


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