Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.120
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De continuo se aplican y decretan medidas para poner coto a esa pobreza de verdad extrema. Pero las tarifas de salarios mínimos fijados por el gobierno de Getulio Vargas no pueden penetrar, a modo de norma, hasta esas regiones del interior, tan distantes de los ferrocarriles como de las carreteras, como las selvas de Matto Grosso y Acre. Millones de hombres no han sido alcanzados ni por un trabajo regularizado, organizado y fiscalizado, ni por la civilización en general, y pasarán aún años y decenios antes de que sea posible incluirlos activamente en.
la vida nacional. El Brasil no utilizó hasta ahora esa amplia y oscura masa ni como productora ni como consumidora de sus bienes, lo mismo que no lo ha hecho tampoco con todas las fuerzas de su naturaleza. Esa masa también representa una de las enormes reservas para el futuro, una de las tantas energías potenciales aun no transformadas en trabajo, en ese país asombroso.
Sobre esa masa amorfa esparcida por el país -en su mayor parte analfabeta y con un standard de vida próximo al punto cero-, que hasta ahora no ha contribuido, o sólo lo ha hecho en una medida mínima, a la cultura, se levanta con fuerte empuje y con creciente influencia la clase media rural y de los pequeños burgueses: los empleados, los pequeños empresarios, los comerciantes, los artesanos, los distintos profesionales de las ciudades y de las haciendas. En esa capa absolutamente racional, la característica determinada y consciente del brasileño se manifiesta del modo más evidente en un estilo de vida inconfundiblemente personal, un estilo de vida que no sólo conserva, conscientemente, gran parte de la vieja tradición colonial, sino que además la perfecciona de una manera fecunda. No es fácil obtener una visión de su existencia, pues en su actitud exterior falta toda ostentación; esta clase vive con absoluta sencillez y sin llamar la atención y, casi diría, silenciosamente, ya que las tres cuartas partes de su existencia transcurren, según nuestro viejo estilo europeo, dentro del círculo de la familia. Excepción hecha de Río de Janeiro y de São Paulo, donde las casas de muchos pisos en verdad han introducido en nuestros días por primera vez el tipo de departamento, la casa propia constituye el envoltorio poco o nada llamativo que encierra al verdadero núcleo de la existencia, el círculo de familia. Se trata casi siempre de una casa pequeña, de uno o a lo sumo dos pisos, de tres a seis habitaciones, una casa que, exteriormente, se ajusta a la calle, sin pretensiones ni ornamentos, y que en su interior está dispuesta con un mobiliario tan sencillo que no queda espacio para dar fiestas ni recibir huéspedes.
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