Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.117
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La rueda de la fortuna gira ininterrumpidamente, cada día hay un nuevo sorteo. Dondequiera que se camine o esté, en todos los comercios y en la misma calle, en el barco y en el tren, le ofrecen a uno billetes de lotería. A determinada hora de la tarde vese un como conglomerado negro, una multitud de personas, frente al local de la lotería,. Su expectación está fija en ese instante en un solo número y una sola cifra. Las capas superiores, a su vez, juegan en el casino, y cada balneario, casi todo distinguido hotel de lujo, cuentan con el suyo propio. Hay ahí docenas de Montecarlos y rara vez se ve una mesa de juego que no esté rodeada por un grupo apretado.
Pero eso no es todo. Completando los juegos importados de Europa, la lotería, el bacará y la ruleta, la población inventó un juego nacional brasileño propio, el «bicho», que, si bien está severamente prohibido por el gobierno, se realiza, a pesar de todos los edictos, con la máxima dedicación.
Ese «bicho», el juego del animal, tiene un origen y una historia muy extraños, que por sí solos ya demuestran muy claramente hasta qué punto la pasión por el azar corresponde al carácter soñador e ingenuo de ese pueblo. El director del Jardín Zoológico tenía motivos para quejarse de la poca frecuentación de su establecimiento. Conocedor cabal de su pueblo, tuvo la gloriosa idea de sortear cada día uno de los animales de su colección, hoy un oso, mañana un burro, otro día un papagayo o un elefante. El visitante en cuya tarjeta de entrada figuraba la imagen del animal sorteado recibía un premio consistente en veinte o veinticinco veces el importe de la entrada. El éxito deseado no se hizo esperar: durante semanas y semanas, el Jardín Zoológico era visitadísimo por gente que acudía no tanto para contemplar los animales como para ganar el premio. Por último, el camino se le antojó a la gente demasiado largo y fatigoso, y entonces empezaron a jugar particularmente, entre sí, apostando sobre el animal que ese día resultaría sorteado. Se abrieron pequeños bancos detrás del mostrador de las fondas y en las esquinas de las calles, que aceptaban las apuestas y pagaban los premios. Cuando la policía prohibió ese juego, fue acoplado misteriosamente con el resultado de la lotería diaria, representando cada número, para el brasileño, un animal determinado.
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