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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.115

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Charlar un poco, después o durante las horas del trabajo, tomar café, pasearse bien afeitado y con el calzado bien lustrado, disfrutar de la casa propia y los hijos; ello basta a la mayoría. A esta pacífica serenidad van unidas todas las gamas del bienestar y de la suerte. Por eso resulta y resultaba siempre relativamente fácil gobernar ese país, por eso Portugal necesitaba pocas tropas y por eso el gobierno actual tiene que ejercer tan poca presión e insistir tan poco para guardar la paz y el orden. La convivencia dentro del Estado opérase allí con infinitamente menos odio entre los grupos y las clases, gracias a esa inmanente propensión a la tranquilidad y a esa ausencia ingénita de envidia.
Desde el punto de vista económico y para la técnica del éxito, esa falta de ímpetu, de codicia y de impaciencia que individualmente es, a mi modo de ver, una de las virtudes más hermosas del brasileño, constituye acaso una falla. Comparado con Europa y Norteamérica, la eficiencia colectiva de trabajo del país entero queda, en su ritmo, muy a la zaga, y ya cuatro siglos atrás Anchieta señaló la influencia restrictiva que necesariamente tiene que ejercer el extenuante clima. Pero no se puede de ningún modo llamar indolencia a esa me-nor eficiencia. El brasileño es de por sí un excelente trabajador. Es hábil, laborioso y comprende rápidamente. Se puede enseñarle cualquier oficio, y los inmigrantes llegados de Ale-mania, que traen industrias nuevas y a veces harto complicadas, ponderan unánimemente la habilidad y el interés con que aun los obreros más simples saben adaptarse a las nuevas formas de producción. Las mujeres revelan destreza para los trabajos manuales, los estudiantes, mucho interés para las ciencias, y se cometería la mayor de las injusticias si se tildase de inferior al obrero y trabajador brasileños. En São Paulo, vale decir en un clima más favorable y adaptado a una organización europea, produce exactamente lo mismo que cualquier otro obrero del mundo, pero en Río de Janeiro también he observado centenares de veces a zapateros remendones y sastres trabajando en sus estrechos talleres hasta muy adelantada la noche y me he admirado sinceramente de cómo, bajo un calor infernal, cuando es un esfuerzo hasta el recoger el sombrero del suelo, se realiza en las construcciones, bajo el sol ardiente, la tarea pesada, e ininterrumpida de acarrear el material. No son, pues, la capacidad, la buena voluntad ni el ritmo los que se resienten; sólo falta al conjunto la impaciencia europea o norteamericana por conseguir en la vida, mediante redoblado empeño, un progreso doblemente rápido, y es, por consiguiente, más bien una baja tensión psíquica la que disminuye el dinamismo total.


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