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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.114

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Una mañana desapareció sin que la dueña de casa supiera explicarse ni pudiese averiguar jamás la causa. Tal vez, la víspera le dijo una leve palabra de censura, de descontento, y con esa sola palabrita insignificante, dicha acaso en voz demasiado alta, hirió a la muchacha profundamente, sin saberlo.. La muchacha no se rebela, no se queja, no procura entrar en explicaciones. Hace tranquilamente sus bártulos y se retira sin decir palabra. No es hábito del brasileño justificarse o pedir explicaciones, quejarse o disputar airadamente. Se retrae; ésta es su defensa natural, y esa resistencia calma, misteriosa y silenciosa hállase en el Brasil en todas partes. Nadie repetirá una invitación o un convite cuando tal ha sido rechazado aunque fuera del modo más cortés; en un negocio, ningún vendedor insistirá con nuevas palabras si el comprador titubea, y ese orgullo recóndito, esa sensibilidad del honor llega hasta las capas sociales más bajas. Mientras en las ciudades más ricas del mundo, en Londres y París y, sobre todo, en los países meridionales, abundan los mendigos, éstos faltan casi por completo en el Brasil, donde la «miseria desnuda» apenas si es algo más que un término de exageración. Esto no es debido, según pudiera creerse, a un decreto enérgico, sino consecuencia de una hipertrofia de la sensibilidad, propia del pueblo entero, que considera aun la negativa más cortés como ofensa.
Esa delicadeza del sentimiento, esa ausencia de toda vehemencia es, a mi modo de ver, la propiedad más característica del pueblo brasileño. Los individuos no necesitan ahí tensiones violentas y vehementes ni éxitos visibles y aprovechables para estar satisfechos. No es casualidad que el de-porte, que en última instancia es la pasión de la mutua superación, no alcanzó en ese clima -que induce más a la tranquilidad y el goce cómodo- la preponderancia absurda a la que se debe en buena parte el embrutecimiento y la desespiritualización de nuestra juventud, y que falten allí las escenas brutales y frenéticas y los éxtasis rabiosos que están a la orden del día en nuestros países llamados civilizados. Lo que en su primer viaje a Italia llamó tan simpáticamente la atención de Goethe, o sea que sus habitantes no buscan sin cesar finalidades materiales o metafísicas de la existencia, sino que gozan de la vida tranquila y placenteramente, eso mismo adviértese en el Brasil una y otra vez y siempre con agrado. Los hombres no pretenden demasiado en ese país, no son impacientes.


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