Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.113
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Al principio esperaba, en verdad, que a cada momento encontraría, como acaso en un barrio proletario europeo, una mirada de odio o una palabra injuriosa. Pero al contrario, esa gente de buena fe considera a un extranjero que se toma la molestia de subir a ese rincón perdido como un huésped grato y casi como un amigo; el negro que está acarreando agua, cuando se le encuentra, ríe mostrando la hilera blanca de sus dientes e incluso ayuda a trepar las resbaladizas gradas de barro; las mujeres que dan el pecho a sus hijos, levantan la mirada, afables y despreocupadas. Y del mismo modo se encuentra en todo tranvía, en todo barco de excursión, esa misma cordialidad desprevenida, tanto si se está sentado frente a un negro, como frente a un blanco o un mestizo. No se puede descubrir nunca dentro de las docenas de razas, ya se trate de adultos o de niños, signo alguno de una cosa que se parezca a un aislamiento. El niño negro juega con el blanco, el mestizo va naturalmente del brazo del negro, en parte alguna existe una restricción o siquiera un boicot social. En el ejército, en las oficinas públicas, en los mercados, escritorios, negocios o talleres, jamás se les ocurre a los individuos separarse según el color de origen, sino que todos colaboran amable y pacíficamente. Hay japoneses que se casan con negras, y blancos que se casan con mestizas; la palabra «mestizo» no es en el Brasil un insulto, sino una designación que no tiene nada de despectiva. El odio de clases y razas, esa planta venenosa de Europa, no ha podido echar raíz todavía en ese país.
Esta extraordinaria delicadeza de los sentimientos, esa bondad exenta de prejuicios y prevenciones, esa incapacidad de ser brutal, las paga el brasileño con una sensibilidad muy pronunciada, tal vez exagerada. Siendo no sólo sentimental sino también sensitivo, el brasileño tiene un sentimiento de honor muy susceptible, un sentimiento de honor, en verdad, muy peculiar. Precisamente por ser en extremo atento y personalmente tan modesto, percibe toda descortesía, aun la involuntaria, de inmediato como manifestación de desprecio. No reacciona violentamente como el español, el italiano o el inglés; calla y se guarda, por así decirlo, la supuesta ofensa. Es muy frecuente oír decir lo mismo: En una casa había una sirvienta, negra, blanca o mestiza; era aseada, amable y tranquila y no daba el menor, motivo de queja.
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