Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.112
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Pero todos confirman unánimemente y en tono de elogio que la primera y principal característica de este pueblo es su bondad. Todos, al ser consultados, repiten las palabras de los primeros que llegaron a esta tierra: E’ a mais gentil gente. Nunca se ha oído hablar ahí de crueldades contra animales, de lidias de toros ni de riñas de gallos; ni aun en los días más oscuros de la Inquisición ofrecióse allí a las masas el espectáculo de los autos de fe; todo lo brutal repugna instintivamente al brasileño, y se ha comprobado con la estadística que el asesinato casi nunca se realiza de un modo alevoso y premeditado, sino espontáneamente, como crimen pasional, como explosión repentina de los celos o la humillación. Crímenes relacionados con la astucia, el cálculo, la rapacidad y el refinamiento cuentan entre las mayores rarezas; cuando un brasileño desnuda el facón, ello es algo como una crisis nerviosa, una insolación, y cuando visité la penitenciaría de São Paulo me llamó la atención el que allí faltaba el verdadero tipo del criminal, exactamente registrado por la criminología. Los que ahí encontré eran gente absolutamente pacífica, con tierna mirada, que alguna vez, en un minuto de superexcitación, deben haber cometido algo que ellos mismos ignoraban. Pero, en general -y, todo inmigrante lo confirmará-, el brasileño está ajeno aun a los más leves rastros de violencia, brutalidad y sadismo. Es bonachón, de buena fe, y el pueblo tiene ese rasgo casi infantilmente cordial que es propio de muchos meridionales, aunque pocas veces en una medida tan pronunciada y general como en ese país. Durante todos los meses que pasé en el Brasil no tropecé con una sola malevolencia, ni en los círculos superiores ni en las clases inferiores; en todas partes pude comprobar la misma falta de desconfianza -hoy tan rara- contra el extranjero, contra el hombre de otra raza o de otra clase. A veces, cuando, curioso, iba a ver las favelas, esos barrios de negros, magníficamente pintorescos, que como vacilantes nidos de pájaros están emplazados sobre las rocas de las colinas en medio de Río de Janeiro, sentía cargos de conciencia y tenía presentimientos malos. Al fin y al cabo, yo iba por curiosidad, para contemplar una de las gradas más bajas de la vida y para observar en esas chozas de caña y barro, indefensas y abiertas a toda mirada, gente del más primitivo estado, espiando así, indebidamente, el interior de sus domicilios y lo más privado de su existencia.
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