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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.111

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ferry-boat para una especie de feria en la isla de Paquetá, donde en reducido espacio están apretadas miles de personas, muchos niños entre ellas, no se oyen gritos ni algazara, no se ve a la gente incitarse mutuamente a una alegría turbulenta. Aun cuando se divierte en masa, la gente se conserva calma y discreta, y esa ausencia de lo robusto y brutal imprime a su alegría tranquila un tierno encanto. El hacer ruido, gritar, arrebatarse, bailar desenfrenadamente constituye en el Brasil un gusto tan opuesto a las costumbres que, por así decir, se reserva como válvula de los instintos reprimidos para los cuatro días de carnaval; pero aun en esos cuatro días de la alegría aparentemente desenfrenada no se producen excesos, incorrecciones ni bajezas; dentro de esa masa de millones de hombres que parecen picados por una tarántula, cualquier extranjero, e incluso toda mujer, puede aventurarse tranquilamente por las calles bulliciosas y ruidosas. El brasileño conserva siempre su natural delicadeza y discreción. Las clases más diversas se tratan mutuamente con una cordialidad y cortesía que sorprende una y otra vez a los hombres de la Europa tan embrutecida durante los últimos años. Se ve cómo en la calle se encuentran y se abrazan dos hombres, y se cree naturalmente que son hermanos o amigos de la infancia, uno de los cuales acaba de regresar de Europa
o de un viaje exótico. Pero en la próxima esquina vuélvese a ver a dos hombres saludarse del mismo modo, y entonces se comprende que el abrazo es entre los brasileños un hábito absolutamente natural, una expansión de natural cordialidad. La cortesía, a su vez, es en ese país la forma fundamental y natural de las relaciones humanas y tiene aspectos que en Europa ha tiempo ya hemos olvidado. Durante cualquier conversación en la calle, los hombres permanecen con la cabeza descubierta, y dondequiera que se solicite una información, ésta es facilitada con una solicitud entusiasta. En los círculos superiores se cumple el ritual de la formalidad, con las visitas y retribución de visitas y la entrega de tarjetas, con un rigor protocolar.
Todo extranjero es recibido del modo más atento y se le allana toda dificultad de la manera más obsequiosa, Desconfiados como, por desgracia, nos hemos vuelto frente a todo lo naturalmente humano, se averigua cerca de amigos y recién inmigrados si esa cordialidad manifiesta es más que meramente formal, y si esa convivencia buena, amable, sin odios ni envidias visibles entre las razas y las clases, no es, acaso, una mera ilusión óptica de una primera impresión superficial.


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