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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.110

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La grafía y el vocabulario, es decir, las formas originales, son hasta la fecha casi absolutamente idénticas, y hay que tener un sentido para los matices más sutiles para descubrir si se está leyendo el libro de un autor brasileño o portugués. Por otra parte, casi ninguna palabra del idioma aborigen de los tupíes y tamoios, según todavía lo registraron los primeros misioneros, pasó al idioma que hoy se habla en el Brasil. El brasileño sólo pronuncia el portugués de distinta manera - ésa es la única diferencia-, más brasileñamente, y lo extraño es que ese acento brasileño ha sido y permanecido el mismo del norte al sur, del este al oeste, por encima de ocho millones quinientos mil kilómetros cuadrados, un perfecto idioma nacional. El lusitano y el brasileño aun se comprenden perfectamente, ya que se sirven de idénticas palabras y de la misma sintaxis, pero tanto en la entonación como, en parte también, en la expresión literaria, esas variantes primitivamente mínimas, empiezan a intensificarse más o menos en la misma proporción en que ingleses y norteamericanos, de decenio en decenio, se distancian más y más claramente, dentro del mismo mundo lingüístico, como individualidades. Mil millas de distancia, un clima distinto, otras condiciones de vida, nuevas trabazones y comunidades tenían que ponerse en evidencia poco a poco al cabo de cuatro siglos y medio, formando paulatina, pero inevitablemente, un nuevo tipo, una personalidad étnica absolutamente específica.
Lo que caracteriza al brasileño, en lo físico y en lo psíquico, es, en primer lugar, el hecho de ser de constitución más delicada que el europeo y el norteamericano. Falta casi por completo el tipo macizo, voluminoso, alto, huesudo. Lo mismo falta, en lo psíquico -cosa que se percibe como bendición al comprobarla miles de veces en una nación-, toda brutalidad, violencia, vehemencia, grosería; todo lo zafio, presuntuoso y arrogante. El brasileño es un hombre tranquilo, soñador y sentimental, a veces hasta con un ligero aire de melancolía, que Anchieta, en 1585, y el padre Cardin ya creían haber percibido en la atmósfera cuando llamaron a esa nueva tierra «desleixada e remisa e algo melancólica». Aun en el trato exterior, las formas son notablemente moderadas. Raras veces se oye a alguien hablar en alta voz y menos aún gritar furiosamente, y cuando se juntan multitudes se nota con particular claridad esa moderación de que el extranjero se admira. En una gran fiesta popular, como la de Penha, o en una travesía en.


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