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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.107

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El proceso de la brasilización no es sólo un proceso de asimilación al clima, a la naturaleza, a los imponderables psíquicos y especiales del país, sino, sobre todo, un problema de transfusión. La gran mayoría de la población brasileña -excepción hecha de los que inmigraron hace poco- representa un producto de mezcla, y una mezcla de las más heterogéneas imaginables. Como si no fuera bastante el triple origen, europeo, africano y americano, cada una de esas tres estratificaciones consta, a su vez, de distintas capas. El primer europeo de ese país, el portugués del siglo dieciséis, es todo, menos de una sola raza o de raza pura; representa una mezcla producida por antepasados íberos, romanos, góticos, fenicios, judíos y moros. La población aborigen del país, a su vez, consta de razas completamente heterogéneas: los tupís y los tamoios. Y los negros, ¡de cuántas zonas distintas de la inmensa África fueron arreados! Todo esto se ha mezclado continuamente, se ha cruzado y se ha entonado mediante la afluencia constante de sangre nueva en el correr de los siglos. Procedentes de todos los países europeos y, con los japoneses, luego también de Asia, los grupos sanguíneos se multiplican y varían en territorio brasileño ininterrumpidamente, en inalcanzables cruzamientos y entrecruzamientos. Encuéntranse allí todos los matices, todas las gradaciones fisiológicas y caracterológicas. Recorriendo las calles de Río, se encuentran en una hora más tipos singularmente mezclados y en verdad ya indefinibles, que en cualquier otra ciudad en el curso de un año. El mismo ajedrez, con sus millones de combinaciones, de las que ninguna se repite, parece pobre en comparación con el caos de variantes, cruzamientos y entrecruces a que se dedicó allí la naturaleza inagotable en cuatro siglos.
Pero aunque en el ajedrez ninguna partida se parece a otra, ese juego nunca deja de ser ajedrez, por estar sujeto al marco del mismo espacio y a leyes determinadas. Del mismo modo, la sujeción al mismo espacio y la consiguiente adaptación a la misma ley del clima, así como los límites uniformes de la religión y del idioma, produjeron en el hombre brasileño determinadas semejanzas inequívocas, independientes de las peculiaridades individuales, que se tornan de siglo en siglo más evidentes. As! como los guijarros se pulen en un río torrentoso tanto más cuanto mayor tiempo y más lejos corren juntos, así la convivencia y el constante entrecruzamiento de esos millones de hombres hacía cada vez menos visible la nítida línea propia del origen, aumentando a la vez lo semejante y mancomún.


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