Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.105
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La refrigeración, el aire acondicionado de las viviendas y oficinas, que hoy es privilegio todavía de algunos locales de lujo, será dentro de pocos años tan común y corriente como lo es en las zonas más septentrionales la calefacción central. El que ve cuánto se ha adelantado en este sentido y sabe al mismo tiempo lo que aun queda por hacer, no puede tener sino la seguridad de que la superación de todas las dificultades es únicamente una cuestión de tiempo. Pero no hay que olvidar que el tiempo de por sí ya no constituye una medida uniforme, sino que ha sido acelerado por el impulso de la máquina y el organismo, más grandioso aún, del espíritu humano. Un año bajo la égida de Getulio Vargas puede hoy, en 1941, producir más que todo un decenio bajo don Pedro II y un siglo anteriormente, en tiempos del rey Juan VI. Quien hoy advierte la velocidad con que crecen las ciudades, mejora la organización, y las fuerzas potenciales se convierten en otras reales, siente que -en contraste con el pasado- la hora tiene en el Brasil más minutos que en Europa. Desde cualquier ventana que se mire, se ve una casa en construcción; en cada calle y en la lejanía del horizonte vense nuevas moradas, y, más que todo, ha crecido en ese país el espíritu y el placer de las empresas. A todas las energías desconocidas y desaprovechadas aún del Brasil, agregóse en los últimos años una nueva: la conciencia propia de la nación. Durante mucho tiempo, ese país estaba habituado a quedar a la zaga de Europa en cuanto a la cultura y el progreso, el ritmo del trabajo y el esfuerzo. Con una especie de atrasada conciencia colonial, levantaba la mirada al mundo allende el océano, como a un mundo superior, más experimentado, más sabio y mejor.
Pero la ceguera de Europa, que ahora se devasta a sí misma por segunda vez con nacionalismos e imperalismos insensatos, independizó la nueva generación del Brasil. Ha pasado el tiempo en que Gobineau podía mofarse diciendo: Le brésilien est un homine qui désire passionément habiter Paris. Ya no se encontrará ningún brasileño y pocos inmigrantes que quisieran volver al Viejo Mundo, y esa ambición de desenvolverse solo y en el sentido de la época se manifiesta en un optimismo y una osadía completamente nuevos. El Brasil aprendió a pensar en las dimensiones del futuro.
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