Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.103
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A ello se agrega la peculiar fatalidad de que el Brasil carece en el siglo veinte del combustible necesario para el nuevo medio de transporte, el automóvil, tal como en el siglo
diecinueve carecía de carbón, y la nafta tiene que ser importada, gota a gota, en cuanto no se puede sustituirla por alcohol. Para resolver en forma más rápida ese problema principal de la dificultad de transito y transporte, sería menester un capital inmenso, y el Brasil carece de capitales líquidos. En este país, el dinero efectivo siempre ha sido escaso, y los mismos títulos fiscales rinden un interés de aproximadamente ocho por ciento, mientras que en las transacciones particulares la tasa de interés es aún considerablemente mayor. La repetida desvalorización del milreis, la desconfianza vieja y casi instintiva ya contra inversiones en Sudamérica, indujeron a la altas finanzas europea y norteamericana, durante lustros y más lustros, a una precaución grande y, seguramente, excesiva; por otra parte, el gobierno observa. desde hace algunos años cierta reserva en cuanto al otorgamiento de concesiones, para evitar que las empresas más vitales cai-gan enteramente en manos extranjeras. Todo ello trabó al proceso de la industrialización e intensificación, comparado con Europa y Norteamérica; mientras en Europa se invertía demasiado y con excesiva prisa, en el Brasil muchas cosas se atrasaron en decenios. Para propender a un desarrollo más rápido de ese inmenso país, de ese imperio, de ese mundo, desde un extremo al otro. se necesitaría una doble fertilización: una amplia afluencia de dinero, pero, sobre todo, una constante afluencia de gente, que, sin embargo, ha sido muy restringida en los últimos años a causa de la guerra mundial y de sus consecuencias ideológicas. Mientras Norteamérica sufre por exceso de capital líquido, amontonado en los bancos sin reportar intereses, mientras Europa sufre por un exceso de población y por falta de espacio, por un estado que la congestiona y la lleva una y otra vez a nuevos y repetidos accesos de locura en lo político, el Brasil sufre una anemia, una falta de gente en su dilatado espacio. El remedio para el viejo mundo y simultáneamente para este nuevo mundo, sería una transfusión de sangre y capital, grande, intensa, realizada con toda cautela y paciencia.
Pero aun cuando las dificultades son grandes -lo han sido desde el primer día, y prácticamente siempre han sido las mismas-, mil veces mayores aun son las posibilidades de esa parte imponente y favorecida de nuestra Tierra.
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