Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.102
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No hay que dejarse cegar por la organización ejemplar y por la cultura moderna de Río de Janeiro y São Paulo, donde una casa toca a la otra, los rascacielos se elevan hasta las nubes y los automóviles corren uno tras otro como en una perenne carrera. A dos horas de distancia de la costa, las asfaltadas carreteras modelos se pierden en caminos bastante dudosos, que luego de uno de los tan frecuentes aguaceros tropicales no pueden ser utilizados durante días enteros o que sólo son transitables entonces para autos provistos de cadenas; y en seguida empieza el sertão, la zona oscura y que está lejos aún de ser ga-nada para la civilización verdadera. Todo viaje hacía la diestra
o siniestra de la carretera principal se convierte en una aventura. Los ferrocarriles no llegan hasta suficiente profundidad del interior y, además, por ser de tres trochas distintas, son difícilmente intercomunicables, aparte de ser tan lentos y tan
poco prácticos que se llega mucho más rápido a Porto Alegre
o a Belén y Bahía yendo en barco que utilizando el tren. Por otra parte, las grandes vías acuáticas, como el San Francisco o el río Doce, sólo son navegadas rara e insuficientemente y, por lo tanto, hay grandes y esenciales partes del país que sólo pueden alcanzarse gracias a expediciones individuales cuando no es dable contar con el apoyo de la aviación. Hablando en términos médicos, ese cuerpo inmenso sigue sufriendo, pues, de constantes perturbaciones circulatorias, la sangre no recorre uniformemente el cuerpo entero, e importantes partes del país están, en el sentido económico, absolutamente atrofiadas. Por eso, los productos más valiosos yacen todavía sin aprovechar bajo tierra, sin prestar servicio alguno a la industria. Se sabe hoy, con precisión, dónde se hallan, pero no tiene sentido extraerlos mientras no exista posibilidad de transportarlos luego. Allá donde hay mineral, faltan ferrocarriles o barcos para acarrear el carbón, y allá donde la ganadería podría prosperar fácilmente, no hay posibilidad de transportar ganado. La causa y el efecto (más propiamente dicho, la falta de efecto) se muerden la cola como una serpiente; forman un círculo vicioso. La producción no puede desarrollarse al ritmo adecuado porque faltan carreteras; las carreteras, a su vez, no pueden ser construidas una tras otra porque su construcción y conservación costosas no responderían en ese país, ondulado y poco poblado aún, a un tránsito compensador.
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