Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.47
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Por mera codicia, esas bandas destrozan la obra de colonización penosamente realizada durante años y años; despueblan las colonias, llevan el terror hasta lejanas regiones pacificadas, esclavizan y roban seres humanos, no sólo indefensos, sino también civilizados ya y conquistados por el cristianismo. Pero, debido al rápido aumento de su número con mestizos, los paulistas ya son demasiado fuertes para que las leyes y los preceptos puedan intimidarlos, y aun las bulas papales contra esas entradas y bandeiras no tienen poder en medio del sertão, la selva, virgen. La caza del hombre prosigue con creciente ensañamiento y penetra cada vez más en el país, y en la obra de Debret Voyage pittoresque au Brésil, de principios del siglo diecinueve, encontramos todavía uno de esos cuadros horrorosos, que muestra la manera cómo hombres, mujeres y niños desnudos, acoplados en largas varas, son conducidos como reses por esos brutales cazadores de esclavos.
Y, sin embargo, esos bárbaros pueden pretender para si, a pesar de ellos, un gran mérito en la historia del Brasil. La codicia -de por sí repudiable- de ganancias ha sido siempre una de las fuerzas más grandes para empujar al hombre hacia la lontananza; ella guió las naves fenicias a través del mar, ella atrajo los conquistadores a los continentes ignorados, y a pesar de ser el peor de los instintos, fue ella la que fustigó a la humanidad obligándola a abandonar el estancamiento y el gusto cómodo. De esta suerte, los bandeirantes, que sólo quieren robar y arrebatar, complementan de modo paradójico la obra civilizadora de la estructuración del Brasil, ya que con sus penetraciones salvajes y sin objeto preconcebido, fomentan el descubrimiento geográfico del país. Subiendo, desde Bahía, el río San Francisco, bajando desde São Paulo el Paraná y el Paraguay, ascendiendo, en dirección a Minas, la sierra hasta Matto Grosso y Goyaz, atravesando la selva vir-gen, establecen e investigan los primeros caminos a los territorios ignorados, y en tanto despueblan, colonizan también. En algunos lugares se establecen parte de ellos y así nacen nuevas células de población, nuevos centros desde los cuales se forman nuevos nervios y arterias que se extienden hacia regiones no holladas hasta entonces por el hombre. Actuando con la más encarnizada enemistad contra el paciente plan de colonización de los jesuitas, apresuraron, sin embargo, la obra de penetración con sus impacientes avances hacia lo desconocido, «una parte de aquella fuerza», según Goethe, «que siempre quiere el mal y crea, no obstante, el bien».
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