Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.46
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La agricultura y la ganadería no proporcionan riquezas mientras no se las organiza en gran escala, con cien esclavos, y ellos quieren enriquecerse al modo de los conquistadores, de una sola vez, a riesgo de la propia vida.
Por eso, los habitantes de São Paulo se reúnen varias -veces por año en grupos respetables para recorrer el país como bandeirantes con una bandera al frente, a caballo y seguidos una tropa de siervos y esclavos, como otrora los salteadores, pero no sin antes hacer bendecir solemnemente su bandera en la iglesia. A veces se agrupan hasta dos mil hombres para tales entradas, y, por espacio de varios meses la ciudad y los pueblos quedan entonces sin hombres. Ellos mismos no sabrían decir qué les impele: en parte es la aventura misma, en parte, la esperanza de un hallazgo imprevisto en ese país inmenso e inexplorado. Desde los días del descubrimiento de los tesoros del Perú y de las minas de plata de Potosí, no se acallan los rumores acerca de un El Dorado legendario. ¿No podía, acaso, estar escondido en el Brasil? Por eso, los paulistas remontan la corriente de los ríos, ascienden y descienden de las montañas, siguiendo cada vez nuevos caminos escabrosos, al azar de la dirección que el viento imprime a la bandera que va delante de ellos, y agitados siempre por la esperanza de tropezar en alguna parte con las minas legendarias. Mientras el precioso metal no se deja encontrar, mientras, el Hércules do sertão, Fernão Dias, no descubre al me-nos las esmeralda, traen siquiera otro botín: hombres vivientes. Durante los primeros decenios, esas entradas no son, en verdad, más que bárbaras y salvajes cacerías de esclavos. Los paulistas consideran más cómodo y al mismo tiempo más interesante cazar indígenas como liebres, persiguiéndolos a caballo y con perros en cacerías que excitan los sentidos, que comprar negros en el mercado de Bahía; pero, por último, caen en la cuenta de que lo más cómodo no es perseguir a los amedrentados con perros de caza hasta muy selva adentro, sino sacar los esclavos simplemente de las colonias, donde los jesuitas los han establecido con tanto orden y les han enseñado ya a trabajar.
Desde luego, esa caballería salteadora es contraria a toda ley, pues el rey confirmó explícitamente la libertad de los indígenas, y Anchieta se lamenta desesperadamente: Para este género de gente nao ha melhor pregaçao que, espada e vara de ferro.
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